La crisis en el Golfo no sólo afecta al petróleo. También recuerda que la inteligencia artificial, los chips y la economía digital dependen de energía, rutas seguras y territorios confiables.
Por Frédéric Garcia
Lo que ocurre en el estrecho de Ormuz puede parecer remoto para Baja California. No lo es.
Durante años, la economía digital fue narrada como si la geografía pesara cada vez menos. La nube, la inteligencia artificial, los centros de datos y los chips parecían confirmar la idea de un capitalismo más abstracto, más veloz, menos sujeto a las viejas restricciones del territorio. Pero esa visión siempre fue incompleta. Basta con que un paso marítimo estratégico entre en crisis, que una instalación energética sea golpeada o que una ruta comercial deje de ser plenamente segura para que la ficción se desvanezca.
La nueva economía sigue descansando sobre fundamentos muy antiguos: energía, transporte, seguridad, materiales críticos y tiempo.
Ese es el verdadero significado de Ormuz. No se trata sólo del precio del petróleo. Se trata de lo que ocurre cuando una de las arterias centrales del comercio mundial deja de ofrecer estabilidad. En ese momento no sólo aumenta el costo de la energía. También se encarece la previsibilidad del sistema. Y cuando la previsibilidad se deteriora, el impacto alcanza mucho más que a los mercados energéticos: toca la arquitectura material de la economía contemporánea.
La atención pública se concentra, con razón, en el crudo. Pero el problema es más amplio. Existen insumos menos visibles que también pueden entrar en tensión. Uno de ellos es el helio, asociado a la actividad gasista de Qatar y a instalaciones estratégicas como Ras Laffan. Parece un detalle técnico.
En realidad, no lo es. El siglo XXI está lleno de materiales e insumos que pasan inadvertidos hasta que escasean, y entonces revelan su verdadero peso.
La inteligencia artificial suele presentarse como una revolución inmaterial. Su imaginario está hecho de algoritmos, automatización y capacidad de cálculo. Pero la IA no vive en una nube abstracta.
Descansa sobre una infraestructura profundamente física: requiere electricidad abundante, centros de datos, sistemas de refrigeración, chips avanzados, gases industriales especializados, materiales ultrapuros y cadenas logísticas de gran precisión.
Bajo su apariencia futurista, la IA sigue siendo una industria material, intensiva y vulnerable.
Por eso una crisis como la de Ormuz puede afectar a la economía tecnológica por dos vías. La primera es la producción. Cuando ciertos insumos críticos se vuelven más escasos o más inciertos, la presión se traslada rápidamente a los procesos industriales más sensibles. En sectores como los semiconductores avanzados, pequeños desequilibrios pueden traducirse en retrasos, sobrecostos y reasignaciones de suministro.La segunda vía es la logística. No basta con producir. Hay que poder mover, asegurar y entregar.
Cuando una ruta estratégica pierde estabilidad, el problema deja de ser únicamente energético y se convierte en industrial. La fragilidad ya no está solo en la oferta, sino en la capacidad real de sostener cadenas de valor complejas bajo condiciones de incertidumbre.
La lección de fondo es sencilla y, al mismo tiempo, incómoda: el futuro no derrotó a la geografía. Solo la había disimulado.
Y esa lección importa para México. Si la nueva economía depende cada vez más de energía confiable, infraestructura robusta, logística segura y proximidad a mercados estratégicos, entonces los territorios capaces de ofrecer esas condiciones vuelven a adquirir un valor decisivo. La competencia ya no será únicamente por costos. Será, cada vez más, por confiabilidad estratégica.
Eso obliga a mirar al norte de México con una ambición distinta. Durante años, el nearshoring fue leído sobre todo como una oportunidad comercial. Hoy empieza a perfilarse como algo más profundo: una disputa por ocupar posiciones relevantes dentro de las arquitecturas productivas de América del Norte. Ya no se trata únicamente de estar cerca. Se trata de ser indispensable.
En ese contexto, Baja California ocupa un lugar singular. Su proximidad con Estados Unidos, su densidad manufacturera, su vocación exportadora y su inserción en circuitos de alto valor la convierten en algo más que una frontera. La convierten en una plataforma. En un mundo donde la geografía vuelve a importar, Baja California puede representar una de las expresiones más visibles de esa nueva centralidad territorial.
Pero ninguna ventaja geográfica se convierte por sí sola en destino. Hace falta infraestructura, energía suficiente, visión industrial, capacidad institucional y una idea más ambiciosa del papel que la región puede desempeñar. Hace falta, sobre todo, comprender que la revolución tecnológica no está borrando el territorio, sino redefiniendo su valor.
Ormuz lo recuerda con crudeza. Un estrecho bajo amenaza no sólo altera flujos de energía. También revela hasta qué punto la economía del futuro sigue dependiendo de condiciones materiales muy concretas. Y al hacerlo, vuelve a poner en el mapa a aquellos territorios capaces de ofrecer lo que el mundo empieza a valorar más: estabilidad, proximidad, capacidad industrial y confianza.
La geografía ha vuelto. No como un vestigio del pasado, sino como uno de los grandes criterios de selección del porvenir.
Y quizá ahí reside la verdadera oportunidad para Baja California: no en contemplar desde lejos la reorganización del mundo, sino en entender que puede formar parte de ella.
—
Sobre el autor
Frédéric Garcia es experto en innovación tecnológica, geopolítica y riesgos sistémicos. Ha colaborado con empresas globales e instituciones en México, Europa y América Latina en la intersección entre políticas industriales, tecnología y competitividad. Es fundador y presidente de FARO, Centro de Prospectiva estratégica

















Comments