Los números empiezan a ordenar la política en Baja California
En política, los números llegan con momento y con lectura, y por eso no pasa desapercibido que, cuando apenas comienza a perfilarse el camino hacia 2027, el nombre de Ismael Burgueño Ruiz empiece a instalarse en la conversación pública con datos que sugieren un posicionamiento relevante.
Ese 55 por ciento de preferencia ciudadana, retomado por El Economista con base en Mitofsky, aún no define una futura elección para la candidatura de su partido a la gubernatura, pero sí deja ver desde dónde está partiendo frente a otros perfiles que aún buscan consolidar presencia.
Más que el dato, lo que importa es el punto de arranque.Y es que mientras varios alcaldes intentan proyectarse, no es lo mismo hacerlo desde el reconocimiento que desde la necesidad de abrirse espacio.
Burgueño aparece con una ventaja inicial que, aunque todavía es temprana, influye en cómo se empieza a acomodar la conversación política en el Estado.
Aun así, conviene entender qué reflejan estas mediciones. Se trata de percepciones que responden a lo que la gente vive día a día, y eso puede cambiar conforme avanzan los meses. Y lo que hoy suma puede ajustarse si la gestión no logra sostener esa expectativa, sobre todo en una ciudad como Tijuana, donde los temas de seguridad, servicios e infraestructura terminan pesando más que cualquier posicionamiento anticipado.
En lo interno, estos números también generan efectos. Dentro del entorno político de Baja California, donde conviven distintos perfiles con aspiraciones, aparecer con niveles competitivos ayuda a ordenar percepciones y a marcar ritmos que más adelante pueden influir.
Por lo pronto, lo que se observa es una señal de cómo comienza a moverse el escenario. El reto será sostener esa posición en el terreno donde realmente se valida la política, que es la experiencia cotidiana de la ciudadanía.
Roberto Velasco y la nueva generación en política exterior
En política exterior, los relevos casi nunca son neutros y suelen decir más de lo que aparentan, por eso el nombramiento de Roberto Velasco Álvarez como nuevo titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a partir del 1 de abril de 2026, aparece en un momento sensible para México.
Y lo es no solamente por lo que se vive en las arenas de la política internacional, sino por la señal que envía tras la salida de Juan Ramón de la Fuente por motivos de salud, abriendo paso a un perfil que llega a darle continuidad a una ruta que ya ha trabajado de cerca.
Pese a su juventud, Velasco no es un improvisado y su paso por la Subsecretaría para América del Norte lo ha colocado en el centro de negociaciones clave con Estados Unidos y Canadá, particularmente en temas de migración, seguridad y comercio, lo que le permite asumir el cargo con conocimiento del terreno y relaciones ya construidas, algo que en la política exterior no es menor cuando los tiempos suelen ser más exigentes que los periodos de adaptación.
El nombramiento también deja ver un movimiento más amplio dentro del gobierno federal, donde perfiles más jóvenes comienzan a ocupar posiciones estratégicas, como una decisión que se traduce en responsabilidades concretas, reflejando un relevo generacional que empieza a tomar forma en espacios donde antes predominaban trayectorias mucho más largas.
La decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum apunta en esa dirección, al colocar a un perfil con experiencia técnica y formación sólida en una de las dependencias más sensibles del país, en un momento donde la relación con América del Norte exige continuidad, pero también capacidad de adaptación frente a un entorno que cambia con rapidez.
Y hoy, lo que está sobre la mesa no es únicamente un relevo en la Cancillería, sino una señal sobre cómo comienza a reconfigurarse el ejercicio del poder, con una generación que deja de estar en proceso y empieza a asumir responsabilidades en la conducción de los asuntos públicos.
El nuevo rol del poder empresarial
Durante mucho tiempo, el empresario tuvo claro su lugar en el tablero, producía, invertía, generaba empleo y, en ciertos casos, influía de manera discreta en las decisiones públicas, casi siempre a través de canales indirectos y con una lógica de bajo perfil que privilegiaba la estabilidad sobre la exposición.
La política era un espacio que se observaba con cautela, un terreno necesario pero distante, donde la interlocución ocurría en privado y rara vez se convertía en posicionamiento abierto.
Ese esquema empezó a moverse y hoy resulta evidente que ya no alcanza. El empresario ya no se conforma con su participación en la economía, también se ha vuelto parte de la conversación pública, de la narrativa que define percepciones y, cada vez con mayor frecuencia, de los espacios donde se toman decisiones.
Y habría que aclararlo…no todos lo hacen de la misma forma ni con la misma intención, pero el cambio es visible y responde a una realidad más amplia donde la influencia dejó de ser un elemento accesorio para convertirse en una herramienta central.
Parte de esta transformación tiene que ver con el entorno. El desgaste de las instituciones, la velocidad con la que circula la información y una sociedad más participativa han generado un espacio donde el liderazgo ya no se asume automáticamente desde la política tradicional.
En ese sentido, algunos empresarios han decidido ocupar un lugar más activo, no necesariamente para competir con el poder público, sino para incidir en él desde otro ángulo.
Los ejemplos ayudan a entender esta diversidad. Carlos Slim representa una forma de influencia que no necesita amplificación constante, su presencia se sostiene en la estructura, en la capacidad de interlocución con distintos niveles de gobierno y en una visión de largo plazo que le ha permitido mantenerse como un actor relevante sin recurrir al protagonismo mediático.
En contraste, Ricardo Salinas Pliego ha optado por una presencia mucho más directa, utilizando plataformas digitales para fijar postura, dialogar con la audiencia y participar abiertamente en temas que antes quedaban fuera del radar empresarial.
En el plano internacional, figuras como Elon Musk llevan esta lógica a otro nivel, donde la frontera entre empresario y actor político se vuelve cada vez más difusa, no porque ocupen cargos públicos, sino porque su capacidad de incidir en temas estratégicos, desde la tecnología hasta la infraestructura, termina por colocarlos en el centro de decisiones que impactan a gobiernos y sociedades.
En México, esta transición avanza con matices. No se trata de un desplazamiento del Estado ni de una confrontación directa, sino de una adaptación a un entorno donde el silencio ya no equivale a neutralidad y donde la participación implica también responsabilidad.
El reto está en encontrar un equilibrio que permita aportar desde la experiencia empresarial sin perder de vista el interés público.
Al final, lo que está cambiando no se confiere exclusivamente a la actitud del empresario, sino la naturaleza del poder, que cada vez depende menos de una sola esfera y más de la interacción entre varias.
Y sí, en ese nuevo escenario, quien entiende cómo influir sin sustituir, cómo participar sin imponer y cómo dialogar sin romper, se mantiene vigente, pero lo más importante es que también ayuda a definir la trayectoria.

















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