Por: Wendy Plascencia Politóloga experta en sociedad y cultura
En los últimos meses, el conflicto entre Israel y Palestina ha vuelto a ocupar los titulares internacionales. Imágenes de destrucción, discursos diplomáticos y llamados al cese al fuego se repiten cada día.
Aunque a primera vista parece una realidad lejana, lo cierto es que en Tijuana, lo global nunca está tan distante. Aquí, lo que ocurre a miles de kilómetros se traduce en cambios políticos, sociales y económicos palpables.
Más allá de la tragedia, que no puede ni debe minimizarse, lo importante es preguntarnos: ¿cómo influyen estos conflictos internacionales en el discurso político de México y Estados Unidos, y qué implicaciones tienen para una ciudad como la nuestra?
La respuesta comienza a vislumbrarse cuando observamos cómo las decisiones tomadas en Washington frente a conflictos de gran magnitud impactan directamente en la frontera. No se trata sólo de posicionamientos diplomáticos; cada postura conlleva ajustes en políticas migratorias, en mecanismos de seguridad o en la cooperación bilateral. Y en Tijuana, eso significa caravanas detenidas en San Ysidro, nuevas disposiciones en aduanas o retrasos que afectan a cientos de empresas exportadoras.
En Estados Unidos, el conflicto en Gaza se traduce en un debate político polarizado. Mientras algunos sectores defienden el respaldo histórico a Israel, otros demandan un enfoque más humanitario. Pero, más allá de la política exterior, estos discursos se proyectan hacia dentro: alimentan debates sobre seguridad nacional, control migratorio y gasto público. Esa narrativa, reforzada por la dinámica política interna, termina moldeando la política fronteriza, lo que en ciudades como Tijuana se refleja en cambios concretos en las dinámicas de cruce y en la percepción social sobre la migración.
La dimensión internacional del conflicto no se agota en Medio Oriente. El pasado septiembre, Italia desplegó una fragata para escoltar una flotilla humanitaria rumbo a Gaza. El gesto evidenció que Europa no sólo observa, sino que interviene, incluso en acciones con un carácter humanitario que adquiere inevitablemente un peso político. Casi al mismo tiempo, Polonia denunció violaciones de su espacio aéreo por drones, lo que elevó los niveles de alerta en Europa Oriental. Aunque no hay pruebas de que esos hechos estén ligados a Israel, el episodio mostró cómo la tensión en un punto del mapa puede detonar respuestas militares y narrativas de amenaza en otro.
Estos ejemplos refuerzan una realidad incómoda: lo que ocurre lejos se traduce en decisiones que afectan al conjunto del sistema internacional, y por ende a las fronteras mexicanas. En Tijuana, esa cadena se percibe de inmediato en las reglas comerciales, en los tiempos de cruce o en el flujo de migrantes. Vivimos en un contexto de sobreexposición informativa: basta un sólo día para que agencias internacionales y medios digitales publiquen decenas de titulares sobre Gaza, Israel, Estados Unidos, China, Rusia y Venezuela.
Sin embargo, esa avalancha rara vez se acompaña del contexto histórico, geopolítico y social necesario para comprenderla, porque predomina es la confusión.
Y, sin embargo, es precisamente en esos titulares donde se esconden las claves que definen decisiones con un eco inmediato en Tijuana: los precios internacionales de la energía, los ajustes en las cadenas de suministro, la postura de Washington frente a la migración o la seguridad fronteriza. El desafío para empresarios y ciudadanos no es sólo “estar informados”, sino distinguir qué información es útil, cómo se traduce en nuestra realidad y qué acciones podemos anticipar a partir de ella.
En este sentido, pensar que basta con dominar un sólo sector resulta insuficiente. Las empresas que operan en la frontera no pueden limitarse a ver únicamente balances internos. Necesitan una visión más amplia, capaz de conectar lo económico con lo político y lo social. Los retos actuales requieren lecturas multidisciplinarias que integren las dinámicas globales y las traduzcan en riesgos u oportunidades para la región.
El impacto, por supuesto, también es social. Según cifras de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP), en 2023 se registraron más de 2.4 millones de encuentros con migrantes en la frontera sur, un récord histórico. A nivel global, ACNUR estima que 120 millones de personas viven en condición de desplazamiento forzado en 2024. Estas cifras se traducen en realidades cotidianas para Tijuana: mayor presión sobre albergues, debates ciudadanos polarizados y ajustes urgentes en políticas locales de seguridad y urbanismo.
Por ello, el verdadero desafío no es sólo “saber” lo que pasa en el entorno internacional sino entender qué significa para nosotros aquí y ahora. La desinformación, sumada a la complejidad de los procesos internacionales, no sólo confunde: también dificulta la planeación estratégica de los sectores productivos y debilita la toma de decisiones a nivel empresarial y gubernamental.
Tijuana es, en ese sentido, un laboratorio de lo global. Aquí se cruzan caravanas migrantes y cadenas de suministro internacionales, discursos electorales y tensiones diplomáticas. En este cruce, la claridad de análisis no es un lujo, sino una necesidad.
En un mundo donde lo global y lo local se entrelazan de forma inevitable, ignorar esa interdependencia no es una opción. Reconocerla, comprenderla y traducirla en decisiones estratégicas es la única manera de asegurar que Tijuana no sólo resista las turbulencias internacionales, sino que las convierta en oportunidades.
















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