Por: Wendy Plascencia, politóloga experta en sociedad y cultura
Hay trabajos que no aparecen en los balances, pero sin los cuales ninguna economía funciona. El cuidado es uno de ellos. En México, el trabajo no remunerado de cuidados y apoyo en el hogar representó en 2022 casi 4% del PIB nacional, cifra que obliga a mirar con seriedad una actividad que todavía suele entenderse como parte natural de la vida doméstica y no como un componente central de la organización social.
Durante mucho tiempo, el cuidado se asumió como una tarea femenina, automática e invisible. Esa idea tuvo un efecto práctico: lo que se considera “natural” deja de reconocerse como trabajo. Pero el cuidado sí lo es. Requiere tiempo, energía y una enorme capacidad de respuesta cotidiana. Permite que otras personas trabajen, estudien o se recuperen. En términos económicos, sostiene productividad; en términos sociales, hace posible la vida diaria.
La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados, levantada en 2022, ayuda a dimensionar el problema. En México hay 31.7 millones de personas cuidadoras de 15 años y más, y 28.4 millones cuidan a personas de su propio hogar. La brecha entre mujeres y hombres es clara: ellas dedican en promedio 37.9 horas por semana a estas labores, mientras ellos dedican 25.6.

Esa desigualdad no es exclusiva de México. En América Latina y el Caribe, el Banco Mundial ha señalado que las mujeres pueden dedicar hasta 6.7 horas diarias al trabajo de cuidado no remunerado. El mismo organismo estima que ese trabajo representa entre 15.2% y 25.3% del PIB en distintos países de la región. A escala global, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha documentado que las mujeres realizan alrededor de tres cuartas partes del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, y que 708 millones permanecen fuera de la fuerza laboral por estas responsabilidades.
Mayo suele llegar con homenajes a la madre, y el gesto es comprensible. Pero conviene ampliar la conversación. No todas las mujeres son madres, y aun así muchas sostienen tareas de cuidado dentro y fuera de su familia. Cuidan a personas mayores, enfermas o dependientes; organizan redes de apoyo; resuelven lo que otros no ven. El punto no es celebrar una figura, sino reconocer una función social que todavía no se retribuye en proporción a su valor.
En una región como Baja California, donde la vida cotidiana combina jornadas extensas, movilidad constante y presiones económicas altas, esta realidad se vuelve todavía más visible. Muchas mujeres trabajan fuera de casa y al mismo tiempo sostienen la logística doméstica y afectiva de sus hogares. Otras, sin hijos, asumen responsabilidades familiares o comunitarias que rara vez entran en la conversación pública. En ambos casos, una parte importante del bienestar cotidiano depende de un trabajo no remunerado que sigue fuera de los mecanismos de reconocimiento económico.
Pero hay que decirlo con claridad: no se trata de idealizar el sacrificio ni de reducir a las mujeres a una capacidad “natural” de cuidar. Se trata de reconocer que el cuidado ha sido históricamente feminizado y que esa feminización tiene efectos materiales. Limita trayectorias laborales, reduce ingresos y distribuye de forma desigual el costo de sostener la vida cotidiana. Lo que en el espacio privado aparece como vocación o responsabilidad, en el espacio público debe nombrarse como una carga estructural.
La perspectiva ecofeminista ayuda a ampliar esta lectura. Cuidar a las personas y cuidar el entorno remiten a la misma idea: la sostenibilidad de la vida. Por eso, el ecofeminismo no es sólo una corriente de reflexión, sino una forma de pensar la interdependencia entre reproducción social y sostenibilidad ecológica.
Esa conexión importa porque el debate sobre el cuidado no puede seguir tratándose como un asunto sentimental. Es una discusión sobre política pública, corresponsabilidad e infraestructura social. También es una discusión sobre la forma en que una economía moderna distribuye el tiempo entre hombres y mujeres. Si casi 4% del PIB depende de trabajo no remunerado, la pregunta no es si el cuidado importa. La pregunta es por qué seguimos sin diseñar instituciones que lo reconozcan y lo respalden con la seriedad que merece.
Para el sector empresarial, este tampoco es un tema ajeno. Cuando el cuidado recae de forma desproporcionada sobre las mujeres, la economía pierde tiempo, continuidad y capacidad de crecimiento. No se trata de señalar responsables, sino de entender una realidad que influye en la competitividad, el talento y la estabilidad del empleo.
Tal vez esa sea la conversación más relevante para mayo: no sólo celebrar a las madres, sino comprender el lugar que ocupan las mujeres en la economía del cuidado. La discusión no gira en torno a una fecha, sino a una estructura. Y mientras esa estructura siga descansando sobre trabajo femenino invisible, la economía seguirá apoyándose en un soporte indispensable, todavía insuficientemente reconocido.
















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