Por: Elisa Ibáñez, presidente del Centro Empresarial de COPARMEX Tijuana.
Mayo nos invita a hacer una pausa. A reconocer, agradecer y también a reflexionar. Porque hablar de maternidad en el mundo laboral no es únicamente hablar de derechos, que sin duda han avanzado, sino de una experiencia profundamente humana, compleja y, muchas veces, silenciosa.
En México, las condiciones laborales para las madres trabajadoras han evolucionado de manera significativa en las últimas décadas. Hoy, una mujer cuenta con un periodo de descanso de maternidad de doce semanas con goce íntegro de sueldo, con la posibilidad de, bajo supervisión médica, redistribuir ese tiempo para privilegiar la etapa posterior al nacimiento. Este cambio, que podría parecer técnico, en realidad representa algo mucho más profundo: el reconocimiento de que cada maternidad es distinta.
A ello se suman derechos como los descansos para lactancia durante la jornada laboral, la protección contra despidos por embarazo, la prohibición de exigir certificados de no gravidez y la obligación de los empleadores de garantizar condiciones seguras para la madre y el bebé. Incluso, se ha incorporado el permiso de paternidad, un paso importante hacia la corresponsabilidad en el cuidado.
Sin embargo, más allá de la ley, existe una realidad que no siempre se escribe en los reglamentos: la maternidad transforma no sólo el cuerpo, sino también las prioridades, las emociones y la manera en que una mujer se relaciona con su trabajo.
Ser madre y profesionista al mismo tiempo implica, muchas veces, vivir en un constante ejercicio de equilibrio. Es aprender a negociar con el tiempo, con la energía y, sobre todo, con la culpa. Culpa por no estar lo suficiente en casa, culpa por no estar lo suficiente en el trabajo. Una tensión silenciosa que pocas veces se reconoce en los indicadores de productividad, pero que está presente en la vida diaria de miles de mujeres.
Por eso, cuando hablamos de avanzar, no basta con revisar la legislación. Necesitamos evolucionar también en la cultura organizacional. Empresas más empáticas, esquemas laborales más flexibles, liderazgos que entiendan que la maternidad no es una limitante, sino una etapa que también fortalece habilidades como la resiliencia, la organización y la toma de decisiones.
Aún hay camino por recorrer. Extender el periodo de lactancia reconocido, ampliar los permisos de paternidad —idealmente con respaldo del Estado— y fortalecer la infraestructura de cuidado infantil, como guarderías y salas de lactancia, son pasos necesarios si queremos que México sea competitivo, pero también más justo.
Pero quizá el reto más importante es cambiar la conversación. Dejar de ver la maternidad como un obstáculo profesional y empezar a reconocerla como parte de la vida productiva de una sociedad. Porque detrás de cada madre trabajadora hay una historia de esfuerzo, de amor y de compromiso doble: con su familia y con su desarrollo profesional.
En este mes de mayo, más que celebrar, vale la pena cuestionarnos: ¿estamos construyendo un entorno donde ser madre y profesionista no implique elegir entre uno u otro?
La respuesta aún está en proceso. Y construirla es responsabilidad de todos.
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La autora es contadora pública certificada y presidente de COPARMEX Tijuana.
















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