Por Ricardo Ocho, director de CAMPESTRE
Hay algo en abril que se reconoce en la forma en que el tiempo cambia de ritmo y permite volver, casi sin esfuerzo, a ese punto de origen donde todo comenzaba como una intuición.
El Mes del Niño trae consigo una memoria compartida que remite a esa manera de mirar el mundo en la que imaginar era suficiente para creer.
En algún momento todos fuimos ese niño o esa niña que pensaba en grande y entendía el futuro como un territorio abierto. Con los años llegaron las decisiones, el trabajo y la disciplina, y en ese trayecto las ideas tomaron forma hasta convertirse en proyectos reales, construidos con constancia.
Permanece una chispa que no se extingue, una energía silenciosa que recuerda que todo aquello que hoy tiene forma nació primero como una posibilidad.
Desde esa mirada se construye esta edición de CAMPESTRE, donde cada historia refleja la conexión entre lo imaginado y lo logrado. Crecer adquiere otro significado, uno que integra la experiencia con la capacidad de asombro y permite avanzar sin desprenderse de aquello que dio origen a cada camino.
En la portada, Loreto aparece como una invitación a reencontrarse con esa esencia a través de un destino que reúne mar, desierto e historia. A poco más de una hora y media de vuelo de Tijuana, el paisaje se abre hacia un paraíso mexicano que ofrece equilibrio, calma y una belleza que se disfruta con naturalidad.
Por ello, este número reconoce el valor de sostener esa mirada inicial a lo largo del tiempo y la capacidad de evolucionar sin perder la curiosidad, construyendo con disciplina mientras permanece encendida esa luz que impulsó el primer paso, entendiendo que cada logro guarda la memoria de un sueño que ha decidido permanecer.
Bienvenidos a esta edición de CAMPESTRE.

















Comments