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Espacio público y cohesión social: la agenda urbana 2026

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Por: Wendy Plascencia Robledo, maestra en Análisis Político

El año 2026 será relevante para Tijuana no por un sólo acontecimiento, sino por la convergencia de varios procesos que obligan a ver a la ciudad con mayor atención. La revisión del T-MEC, el fortalecimiento del nearshoring en la región Cali–Baja, el Mundial de Fútbol, en el que Tijuana participará como sede de entrenamiento, y la llegada del Congreso de Parques 2026, configuran un escenario que va más allá de la coyuntura. Lo que está en juego es la forma en que la ciudad se piensa y se proyecta hacia el futuro.

En este contexto, que Tijuana sea sede del Congreso de Parques, organizado por la Asociación Nacional de Parques de Recreación de México (ANPR) y el Consejo de Desarrollo Económico de Tijuana (CDT), no es un dato menor. Del 13 al 15 de mayo de 2026, especialistas de América Latina se reunirán en la ciudad para discutir sostenibilidad urbana, diseño de espacios públicos, gestión territorial y participación ciudadana. Más que un evento, es una señal clara de que el espacio público comienza a ocupar un lugar central en la agenda de desarrollo.

Durante décadas, el crecimiento de Tijuana respondió principalmente a la urgencia productiva. La ciudad se expandió rápido, con una lógica funcional para el trabajo y la industria, pero con poca atención a la experiencia cotidiana de quienes la habitan. 

El resultado ha sido una ciudad fragmentada: largos traslados, espacios públicos insuficientes y una vida urbana que, en muchos casos, se vive de forma aislada. Esa fragmentación tiene costos sociales y económicos cada vez más visibles.

Hoy, el debate urbano ha cambiado. Desde el urbanismo contemporáneo, los parques y espacios públicos ya no se entienden como elementos accesorios, sino como infraestructura social. Son lugares donde se construye convivencia, confianza y sentido de pertenencia. También influyen en la salud emocional, en la percepción de seguridad y en la estabilidad de las ciudades. Para el sector empresarial, esta dimensión es clave: ciudades con mayor cohesión social son más atractivas para el talento, más predecibles para la inversión y menos costosas en términos de conflictividad.

El reconocimiento internacional del Parque Esperanto refleja bien este cambio de enfoque. Más allá de su diseño, se ha convertido en un símbolo de lo que ocurre cuando distintos actores, sector privado, autoridades y sociedad civil, coinciden en una visión urbana compartida. Urbanistas han señalado que su verdadero valor no está en ser un caso excepcional, sino en abrir la pregunta sobre su continuidad: ¿puede este modelo replicarse y sostenerse como política urbana?

Ahí es donde el Congreso de Parques cobra relevancia estratégica. Coloca en el centro una discusión que Tijuana no puede seguir postergando: cómo fortalecer la cohesión social en una ciudad marcada por la movilidad constante, la diversidad y la desigualdad territorial. Los espacios públicos no son neutros. Reflejan decisiones sobre acceso, prioridades y formas de convivencia. Pensarlos como agenda implica reconocer que también son una herramienta de gobernanza urbana.

Este debate adquiere mayor peso si se observa el calendario que se avecina. En el marco del Mundial de Fútbol, Tijuana no albergará partidos, pero sí funcionará como ciudad de entrenamiento, lo que supone logística, proyección internacional y una imagen urbana que será observada. A ello se suma la revisión del T-MEC y la reconfiguración de las cadenas productivas en América del Norte. En este escenario, la calidad del entorno urbano deja de ser secundaria y se convierte en un activo estratégico.

Desde el CDT y otros espacios de liderazgo económico se ha insistido en que el desarrollo sostenible requiere algo más que infraestructura industrial. Requiere ciudades ordenadas, funcionales y con espacios que generen estabilidad social. La competitividad del futuro no depende sólo de lo que se produce, sino de dónde y cómo se vive.

La pregunta de fondo no es si Tijuana puede organizar eventos internacionales, sino si puede convertir estos momentos en una visión urbana de largo plazo. Las ciudades que logran marcar agenda son aquellas que utilizan estas coyunturas para alinear actores, definir prioridades y sostener decisiones más allá del corto plazo.

Rumbo a 2026, Tijuana parece estar ante esa oportunidad. Movilidad, espacio público y cohesión social comienzan a entenderse como partes de una misma conversación: la del bienestar como condición del desarrollo. No se trata de crecer menos, sino de crecer mejor. De asumir que una ciudad competitiva también es una ciudad que se vive, se encuentra y se reconoce en sus espacios comunes.

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