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El vino con acento de mujer

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Mientras el Valle de Guadalupe gana reconocimiento internacional, tres mujeres consolidan su papel como sommeliers, siendo un vínculo estratégico entre origen, producto y consumidor. Y así, entre viñedos y memorias, configuran un oficio donde una copa se traduce, se defiende, se habita y se disfruta.

Por: Alonso Valenzuela

Hay algo en el vino que no cabe en las copas ni en las botellas. Algo que se oculta entre los surcos de la tierra y la lengua de quien lo nombra. 

Decía Salvador Dalí que “Quien sabe degustar no bebe el vino, sino que degusta sus secretos.” Y acaso por eso, en Baja California, el vino se bebe como se descifra un misterio… con todos los sentidos despiertos.

Aquí, en este brazo poderoso, donde el desierto se casa con el mar, los valles no sólo germinan uvas, sino relatos, y cada racimo lleva en su piel la memoria del viento, la persistencia del suelo y el temblor de las manos que lo recolectan. 

Porque el vino, aquí no es un lujo, es un idioma. Y como todo idioma profundo, necesita de intérpretes. De mediadores entre el terroir y la emoción. De alquimistas que, con nariz atenta y alma encendida, nos enseñan a escuchar lo que la tierra quiso decir en cada botella. Es ahí donde aparecen ellas: las sommeliers.

Una sommelier no es sólo una guía, sino que se convierte es una poeta de lo intangible. Es quien nos enseña a leer un vino como se lee un verso en voz baja. Es quien traduce el lenguaje del corcho, quien revela que lo que estamos bebiendo es un paisaje que se ha licuado. Son las que entienden que un buen vino no se marida sólo con quesos o carnes, sino con canciones, memorias y estaciones del alma.

Y si alguien sabe de maridajes del espíritu, son estas tres mujeres que hoy nos acompañan en CAMPESTRE. 

Ana Ley, Yaya González y Jazmín Franco. Tres nombres, tres trayectorias, tres formas de decir “salud” con la raíz bien plantada en Baja California, y que no vienen a contarte qué vino debes tomar, sino a invitarte a que escuches lo que una copa tiene por decir.

En ese contexto, sus voces representan la transición del vino como ritual masculino a una experiencia plural, sensible, abierta. 

Son las que cuestionan mitos, amplían horizontes y nos recuerdan que el vino se comparte. Porque una copa de vino, como una buena historia, se disfruta más cuando hay alguien que te la cuenta con pasión.

Éste es apenas el primer sorbo. ¡Salud! 

Yaya González… la tierra se bebe, y sabe a Baja California

Hay personas que no necesitan presentación, sólo una copa en la mano y la risa a flor de piel. Yaya González es una de ellas. 

Sommelier, tour operadora, de conversación espontánea y devota absoluta del terroir bajacaliforniano, Yaya irrumpe con su presencia y su voz firme, llenando el estudio fotográfico de CAMPESTRE con esa mezcla de sabiduría sin solemnidad.

Nos confiesa que el vino la encontró hace quince años, en una cata que recuerda como una epifanía sensorial.

“¿Qué es esto que me estoy tomando?”, se preguntó frente al elixir granate que la convertiría en devota. 

Desde entonces, el vino es su brújula. Porque, si algo distingue a Yaya, y nos lo explica, es su amor irrevocable por esta tierra que convierte el polvo en uvas y las uvas en historias.

El vino de Baja California, dice, “es el que todo el mundo quiere tener en su cava”. Porque aquí el clima es mediterráneo, los suelos son caprichosos y los microclimas multiplican las posibilidades. 

No lo menciona como consigna, lo dice desde el conocimiento que le da haber caminado los valles, catado sus silencios y escuchando los murmullos minerales que brotan entre las viñas. 

Su corazón late especialmente por La Grulla, una joya escondida al Sur, donde el vino se cultiva como un secreto ancestral.

“¿Cómo sé que un vino es de aquí?”, pregunta y se responde con intuición absoluta…“Porque me gusta”, confiesa.

Sabe que el Valle de Guadalupe es la postal perfecta, pero te empuja a descubrir los márgenes: San Vicente, Ojos Negros, Real del Castillo, Santo Tomás, donde se esconden las etiquetas sin reflectores, pero con alma. Ahí están los vinos que, como sentencia ella, no necesitan marketing para dejar huella.

¿Y por qué brindar hoy?, le preguntamos. Y Yaya responde con la sencillez de quien no se guarda la vida: “Porque vengo brindando desde el fin de semana”. 

Su hijo fue reconocido en la escuela y ella -como Napoleón, exclama entre sonrisas- sabe que en la derrota hay que abrir una botella, y en el triunfo, dos. 

Por eso, en casa relata que acompaña el vino con María Callas. Porque sabe que si vas a tener una copa en la mano, más vale que el fondo musical esté a la altura con elegancia e intensidad de la soprano griega.

Habla también, sin tapujos, del futuro del vino en la región. De la urgencia de preservar el terroir frente al avance implacable del concreto.

Sabe que sin tierra no hay copa, y sin copa no hay relato. Por eso hace un llamado claro, desde enólogos, sommeliers, restauranteros, productores, consumidores. A todos.

“El verdadero patrimonio no está en las etiquetas, sino bajo nuestros pies”, sentencia. Y lo resalta con la claridad de quien ha probado muchas veces lo que está en riesgo de perderse.

A la hora de hablar de maridaje, no predica recetas exactas. Prefiere la libertad de quien se atreve a probar, explorar, arriesgarse. “Habemos muchos sommeliers pero cada quien encuentra su camino”.

El suyo, lo deja ver, es claro: apoyar el vino mexicano. El sudafricano le encanta, sí, pero su lealtad es con lo que brota de su tierra. En su cava siempre hay botellas extranjeras, pero en su mesa se sirve el bajacaliforniano.

Yaya González representa al vino de Baja California y lo encarna, lo respira, lo defiende, lo sirve, lo canta. 

Y mientras hay quienes coleccionan botellas, ella colecciona historias.

Así que cuando se acabe el vino, seguirá brindando con lo único que no se fermenta… el amor por lo que somos y por lo que viene.

Ana Ley, el vino como herencia y el terroir como destino

Desde muy joven, el vino le hablaba sin solemnidad. No era un ritual lejano ni un gusto sofisticado, era su casa. 

Ana Ley creció en Ensenada, donde el mar respira en las viñas y las copas se llenan como quien riega la conversación. 

Su padre le servía vino como quien siembra una idea, y ella, curiosa e intuitiva, conocía esa esencia que se volvería su vocación.

Hoy, con más de 11 años en el sector de la gastronomía y más de tres décadas de experiencia en áreas de la comunicación y relaciones públicas, Ana representa al vino bajacaliforniano y lo encarna con orgullo y disciplina. 

Ha sido nominada al Mérito Restaurantero CANIRAC Nacional 2024 en la categoría “Sommelier del Año”, siendo un reconocimiento que honra su capacidad de crear experiencias memorables en torno al vino y llevar la identidad de Baja California a escenarios nacionales e internacionales.

Ha fungido como coordinadora de la Comisión de Vino de CANIRAC en Tijuana, Rosarito y actualmente en Baja California, siendo pionera a nivel nacional. 

Su agenda la ha llevado a ser sommelier en eventos de alto nivel como el Festival de la Ensalada Caesar, Paella y Vino, Festival del Pescado y Marisco, Abastur en CDMX, Baja Mich, Expo México Alimentaria y Tianguis Turístico, tanto en Baja California como en otras regiones del país.

Ha representado a Baja California como sommelier y embajadora oficial en destinos clave como Estados Unidos, Colombia, Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara y Yucatán, siendo responsable directa de la curaduría de etiquetas y la gestión del vino en decenas de eventos de promoción turística. Ha colaborado también con chefs de prestigio como Javier Plascencia, Carlos Gaitán, Diego Hernández Baquedano, Antonio Seki y Rael Coronado, entre muchas otras figuras que nutren la gastronomía mexicana.

Así que para definir al vino de Baja California, su respuesta es directa, sin rodeos: “Tiene todo, desde vinos jóvenes, de barrica, de alta y media gama, económicos… y todos con intención”. 

Por eso cuando ella habla del vino local, no empieza por el clima ni por los suelos, aunque reconoce su peso, sino por su gente. 

“Lo que realmente hace especial al vino de aquí son los enólogos, los agrónomos, los productores que le ponen alma a cada botella”. El vino, como la tierra -afirma- sólo florece cuando se trabaja con pasión.

Y a diferencia de las grandes denominaciones europeas, en Baja California manda la libertad. Ésa es, para ella, la verdadera insignia de esta tierra. La posibilidad de crear sin ataduras, de experimentar sin pedir permiso. 

“Somos como adolescentes en el mundo del vino global. Por eso hay tanta creatividad”, cuenta.

Ana no es ortodoxa. No predica, y, por el contrario, invita. Recomienda un Sauvignon Blanc del Valle de San Vicente para quienes buscan frescura y expresión; un rosado de Grenache, por su versatilidad; y un Nebbiolo, por su profundidad y personalidad, esa uva que se volvió símbolo del vino bajacaliforniano.

No se esconde cuando se le pide una recomendación. Aunque nos confiesa que admira a todas las casas vitivinícolas, destaca tres: Las Nubes, por su consistencia y su vista; Finca Tres, íntima y sorprendente; y La Casa de Piedra, parte angular de la historia vitivinícola moderna de la región.

También desarma mitos con la serenidad de quien ha visto mucho. ¿El precio define la calidad? “Para nada”. 

Ha vivido catas a ciegas donde vinos de 165 pesos derrotan a botellas elitistas sin esfuerzo. Porque el vino, como la vida, es una experiencia subjetiva. “Lo mismo que con los tacos: hay unos carísimos que no valen nada, y otros de puestos muy sencillos que te cambian la vida”.

Así es Ana Ley, una mujer que no sólo estudió el vino, sino que lo heredó, lo vivió y lo volvió destino.

Y cuando alguien le pregunta qué recomienda, podría citar etiquetas, casas vinícolas o maridajes complejos. Pero lo más probable es que, con una sonrisa, te diga algo como esto: “Abre la botella. Sirve la copa. Y escucha lo que te quiere contar.”

Al final, para Ana el vino es lenguaje. Y ella, sin duda, es una de sus más brillantes intérpretes.

Jazmín Franco y la memoria embotellada de Baja California

Hay quienes llegan al vino por herencia, otros por azar y unos cuantos, los imprescindibles, por destino. Jazmín Franco pertenece a esta última estirpe. 

Ella toma el vino como una lengua secreta que sólo se revela a quienes saben escuchar la tierra. 

Y Baja California no únicamente es su origen… es su idioma, su carácter y su relato embotellado.

Sommelier egresada de la Culinary Art School y licenciada en Gestión Turística por la UABC, Jazmín no escogió el vino. Fue el vino el que, como un viejo amante paciente, la esperó hasta que coincidieron. 

Desde entonces, su oficio ha sido una alquimia de gusto, territorio y vocación. En cada sorbo, en cada guía, en cada copa que entrega a los paladares curiosos, hay algo más que sabor… hay pertenencia.

En el Valle de Guadalupe no hay estaciones, hay estados del alma. Y ella los ha recorrido todos. De los suelos arcillosos a los litorales salinos, de los tintos minerales a los blancos florales, su conocimiento es íntimo, visceral. 

Describe al vino de Baja California como algo que porta “la fuerza del desierto, la frescura de nuestras costas y la creatividad de los que deciden quedarse”. 

Esa frase podría describirla a ella también. Jazmín es fuerza, frescura y decisión. Una mujer que supo leer la vocación de su tierra antes de que muchos siquiera imaginaran que aquí, entre nopales y chaparrales, podía nacer poesía líquida.

Pero no hay en ella pretensión ni protocolo vacío…al contrario; cree que lo primero es tomar bastante… pero con conciencia. Que el vino no es un símbolo de estatus, sino un puente hacia la memoria sensorial. Un viaje y una forma de mirar el mundo desde otro ángulo, más suave, más hondo.

Entre sus varietales favoritos está la Grenache, uva de iniciación, como ella la llama. Acaso porque en ese primer sorbo de juventud quedó atrapada una promesa. O quizás porque en su perfume encontró el eco de su primer atrevimiento. 

También recomienda el Sauvignon Blanc para blancos, brillante, adaptable, honesto. Como su visión del maridaje, y dejar que el cuerpo recuerde lo que la mente ha olvidado.

Le gusta recomendar lugares boutique, donde el vino es una conversación. Sitios como Las Nubes, donde los anfitriones te reciben como si fueras el único invitado del mundo. O Lechuza, donde los vinos cuentan historias con el acento del Valle. Y sí, también deja un tercer sitio en misterio. Jazmín sabe que no todo debe decirse y que hay secretos que sólo se revelan al calor de una copa compartida.

Cuando se le pregunta qué canción acompaña su copa ideal, responde casi de inmediato: “Gracias a la vida”, de Mercedes Sosa. 

Y no podía ser otra. Porque su historia con el vino no es una carrera, ni un título, ni una industria…es un canto. Una forma de agradecer por lo vivido, lo catado y lo compartido.

Y si hoy brindara, nos confiesa que sería simplemente “por estar aquí”.

Y ese “aquí” no es sólo geográfico. Es el “aquí” de los que encontraron su lugar en el mundo. Su voz entre tantas. Su vino entre todos.

 

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