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Samantha Rae, una voz que eligió su destino

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Entre San Francisco, La Paz y Tijuana, Samantha Rae aprendió que cantar es una forma de existir. Tras compartir escenarios con Miguel Bosé, Alejandra Guzmán, Cristian Castro, Yahir,  David Bisbal, y muchas estrellas más, su voz sigue trazando el mapa emocional de quienes creen en la música como aquello que nos mantiene vivos y sintiendo las más puras emociones.

 

“La música es la aritmética de los sonidos, como la óptica es la geometría de la luz” — Claude Debussy

No es para nadie un secreto que vivimos en una época donde abundan quienes desean sonar más fuerte, estar en todas las plataformas, jerarquizar los algoritmos y dominar audífonos y bocinas.

Sin embargo, vale la pena recordar que hay voces que prefieren ser autenticidad y sentimiento antes que burdo ruido. 

Samantha Rae pertenece a esas pocas que no únicamente  buscan brillar, sino conectar, ésas que no cantan exclusivamente para llenar un escenario, sino para vaciarse en él. 

Su historia, bien podría ejemplificarse como una partitura escrita entre fronteras, esa que suena a través de la fría brisa que se estrella en las pendientes de San Francisco, o en el calor de la península de Baja California, entre la nostalgia del inglés y la poesía del español.

De niña, escuchaba discos en casa de su abuela y observaba cómo la música era capaz de unir a su familia en una misma emoción. 

“Había muchos músicos; siempre estaban tocando y me encantaba la alegría y la convivencia, esa hermandad”, recuerda en su plática con CAMPESTRE.

“Coleccioné discos y casetes; aún conservo muchas cajas. Tengo vinilos de mi abuela y mi tío, de los años 50 a los 70’s”.

Precisamente, en ese ritual de risas y acordes, descubrió que el escenario sería su lugar en el mundo. 

Y sí, lo sabía antes de entenderlo. “Si puedes escoger qué harás el resto de tu vida, que te llene y te divierta hasta morir, esto es lo mío. Amo el escenario”.

Su arribo a México

Cuando tenía 11 años, su vida cambió de idioma y de ritmo. Dejó atrás una sociedad fría en San Francisco para llegar a La Paz, Baja California Sur, donde la calidez humana la envolvió como una canción nueva. 

“Llegué en 1986; fue un cambio muy drástico. En Estados Unidos los niños eran diferentes, y en La Paz todos querían ser mis amigos. Me hice paceña en ese momento y ya no quise regresar”. 

En su memoria, aquel tiempo tiene la textura del paraíso perdido, con tardes donde las risas mandaban sobre el naciente internet, las puertas permanecían abiertas, las calles eran seguras y el sol dictaba la hora de volver a casa.

Tras esos recuerdos, al mirar hacia atrás, Samantha se encuentra con sus propias versiones pasadas. 

“Yo hablo con mis ‘yo’ del pasado, con la de 6, la de 11, la de 15. Le diría a la de 11 que todo está perfecto, que lo que va a vivir la hará empática. Todo lo que viví me formó”.

Tierra de reencuentros

Su vínculo con Baja California es profundo, expresa. Y cómo no serlo, si de niña cruzaba  por Tijuana para ir a La Paz.

“A mi mamá le encantaba manejar la península. Me enseñó a manejar aquí. La primera vez me hizo cruzar la línea y me perdí horrible. Me estresaba cruzar”, menciona entre risas.

Sin embargo, el destino la llevó de vuelta. “En 2000 llegué a Ensenada desde La Paz; me invitaron y me quedé. Luego trabajé en Tijuana, en Plaza del Zapato, Monte Picacho. Fui la primera mujer cantante ahí; trabajaba los jueves y me traían desde Ensenada. Aquí conocí a mis mejores amigos. Tijuana me abrazó con hermandad. Tengo 25 años aquí. Amo Tijuana, Baja California y Baja Sur”.

Así, desde esta frontera, Samantha se catapultó al escenario nacional. “México me dio familia; venir de algo tan frío y encontrar calidez fue hermoso”.

Entre luces, vuelos y aprendizajes

Su historia profesional está llena de nombres reconocidos. “Fui muy feliz siendo corista con Alejandra Guzmán, Miguel Bosé, Yahir, Cristian Castro, David Bisbal… Estuve en escenarios con los que soñé. Soy muy agradecida. Me gustaba ser parte de algo, y eso fue suficiente”, asegura.

Pero en su andar, también probó fortuna en los reality shows. 

“En Latin American Idol no pasé la primera vez; estaba nerviosa. Creí que estar en el programa me cambiaría la vida. Al año siguiente regresé enfocada y llegué al top 10 de Latinoamérica. Aprendí que esos concursos sirven si ya traes un proyecto; son para usar la atención”.

De ahí saltó a La Voz México, consolidando una madurez escénica que hoy se percibe en cada interpretación. 

Actualmente, desarrolla en Tijuana un espectáculo con cinco artistas de estilos distintos. 

“Hay mucho movimiento y coreografía; nos llevamos de forma impecable porque nos respetamos”.

“Me encanta colaborar con gente local o quien sea; compartir escenario, incluso con competencia sana, me encanta. Soy fan de muchos, pero me gustaría un dueto con Pink”.

En esos detalles está su filosofía, en el que la música permea como ritual, como pausa, como conversación. 

“Hace falta más música en vivo; tuve un bar donde se presentaban artistas, pero muchos están cerrando. Hoy lo hago porque me gusta, no por necesidad; antes podía vivir de la música, hoy es más complicado”.

El escenario como espejo

Durante la plática, su manera de expresarse, su intensidad, y su amor por el idioma español, el cual domina a la perfección, la lleva a reflexionar en el sentido de la importancia que representa el silencio antes de cantar, el cual se ha convertido en su oración. 

“Antes de salir necesito silencio, mi espacio, meditar, visualizar qué haré y cómo me recibirán”, confiesa. 

En ese instante previo, Samantha se conecta con algo que no se ve, pero vibra. Y cuando su voz se eleva, el tiempo parece detenerse. 

“Es irreal. Están expectantes, en silencio, esperando… cuando canto los transporto. Si algo no sale como esperaba, me adapto”.

Como resultado, en su trayectoria, hay escenarios inolvidables, pero uno ocupa un lugar especial: el CECUT. 

“Me emocioné muchísimo. La gente estaba en silencio, esperando la entrega. Puedes ponerte nerviosa y fallar, o centrarte y creértela: sé lo que puedo hacer y más si me dejo llevar”.

Por ello, no titubea en confesar que su relación con el público es de reciprocidad y fe. 

“Lo que más aprecio como artista es poder estar en el escenario, cerrar los ojos, dejarme llevar, ser libre, moverme como quiero sin pena. Cuando la gente ve esa libertad, la aprecia; no lo finges. Ahí surge la sinergia”.

El linaje de una intérprete

Samantha es una estudiosa de la música, una viajera entre géneros, y su biblioteca musical así lo ha constatado.

“Mis gustos van por etapas; escucho de todo y me empujo a oír lo que no me gusta para entender por qué le gusta a otros”. 

Entre sus grandes inspiraciones, Gustavo Cerati ocupa un altar íntimo. “‘En la ciudad de la furia’ fue mi primera favorita, y hace poco redescubrí  ‘Té para tres’. Soda Stereo y Cerati podrían seguir sonando actuales. Tenía una guía interna impresionante; demasiado talento”.

Pero su acervo sonoro es inmenso, y abarca diversos géneros, que incluso aterrizan en el folklore mexicano, pero hace una especial pausa cuando recorre las tesituras de los acordes de Pink Floyd, Prince, David Bowie, No Doubt y The Beatles, quienes la acompañan como mapas de identidad. 

“Si me llevara mis discos a una isla serían The Dark Side of the Moon, un ‘live’ de Prince, algún clásico de Bowie, un concierto de No Doubt y un disco de The Beatles.”

Por ello, su estilo la define con una sola palabra, y ésta es la de intensa

“En el escenario tengo demasiada energía; a veces no sé de dónde sale. El rock fue mi casa por muchos años; ahora me está llamando el jazz. El pop lo he grabado, pero mis favoritos son rock y jazz. Tengo un grupo de jazz con músicos increíbles y uno de rock. Soy bluesera y funk de corazón”.

El alma de la vida

Hoy, para Samantha, el escenario más importante es su hogar. 

“Mi hijo Luca tiene 5 años. Ya conoce varios países. Le encanta Minecraft, pero para crear casas; cuando viajamos ve arquitectura: ‘Mira esas ventanas’, me dice”, expresa con una sonrisa, al referirse al bastión que la mantiene con esa felicidad, como lo es su familia.

“Estoy feliz con mis decisiones, con mi vida y la música siempre estará, pero también quiero experimentar otras formas de arte: manualidades, arte en ropa… quiero explorar”.

Es clara, y acepta que también en este peregrinaje ha aprendido que el escenario es espejo y refugio, donde detrás de cada canción hay un pedazo de historia que se redime al ser compartida.

No en balde, entre luces, cables y micrófonos, se ha reconciliado con su pasado y ha entendido que su voz es su destino elegido.

“Soy súper feliz, pero conozco la tristeza, el enojo, el resentimiento. Depende de la canción; conecto con la emoción y la transmito. He tenido días muy malos, pero al subir al escenario, lo más importante es no cargar tus problemas; si los necesitas, úsalos. El escenario es mi mejor terapia”.

Al final, Samantha canta porque vivir duele, pero también porque sanar suena.  

Y cuando la última nota se extingue, queda el eco de su verdad, la que dicta que la música no es otra cosa que la manera más pura de decir “estoy viva”.

Lo expresa entre una tenue sonrisa y una mirada que se pierde entre recuerdos, con la convicción de seguir disfrutando el mundo a su propio ritmo.

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