Un conflicto que golpea los mercados
Si a principios de año alguien hubiese dicho que en marzo de 2026 hablaríamos de una guerra global medida en dólares por barril de petróleo, por centavos en la gasolina y por porcentajes en los precios del gas natural europeo, muchos lo habríamos considerado exagerado.
Y nada más erróneo que eso. El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel, desatado con los ataques del 28 de febrero, que incluyó el abatimiento de líderes iraníes y la respuesta inmediata de Teherán, ha convertido al Golfo Pérsico, y muy especialmente al Estrecho de Hormuz, en un cuartel de operaciones militares y de crisis humanitaria, que ha abierto la puerta a una crisis energética internacional de proporciones que no veíamos desde hace décadas.
Lo que hace particular esta conflagración no es únicamente su violencia, sino su efecto casi inmediato sobre las válvulas vitales del comercio mundial de energía.
Por Hormuz pasa cerca de 20% del petróleo que se mueve por mar, así como volumen importante de gas natural licuado (LNG).
Como resultado, en pocos días, el barril de petróleo Brent ha subido hasta más de 12% desde que comenzaron los ataques, cerrando por encima de 80 dólares por barril, el nivel más alto desde inicios de 2025.
Ese aumento ya tiene ramificaciones concretas, y en Estados Unidos, tradicionalmente más protegido por su producción interna, el precio promedio de la gasolina regular se disparó y superó los 3 dólares por galón, alza que no se veía en más de cuatro años, según la Asociación Automovilística AAA.
En Europa, donde la dependencia del gas importado es mayor, el golpe ha sido aún más severo: el gas natural licuado ha registrado subidas de hasta 40%, cifras que recuerdan los picos más dramáticos de la crisis energética de 2022.
Pero el problema no es exclusivo a una cuestión de percepción o nervios de mercados, el propio tránsito de buques cisterna por Hormuz se ha desplomado, primero en alrededor del 70% y luego prácticamente a cero, ante amenazas de ataques y cancelaciones de pólizas de seguro para transporte.
Sin ese paso fluido, productores como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irak o Qatar, que juntos exportan millones de barriles diarios, afrontan la encrucijada de cómo mover sus energéticos sin poner en riesgo embarcaciones, tripulaciones o infraestructura.
Esta paralización logística ya ha obligado a algunos países asiáticos a buscar suministros alternativos, y ha encarecido los fletes de crudo a niveles históricos.
El propio Banco Central Europeo advirtió que una guerra prolongada podría impulsar la inflación en la eurozona y desacelerar el crecimiento económico, justamente por el impacto de los precios de la energía en costos de producción y transporte.
Como resultado, los mercados financieros ya han reaccionado: índices como el IBEX 35 en España o los principales índices asiáticos y estadounidenses sufrieron correcciones importantes, mientras que los activos ligados a energía subían con fuerza ante la crisis.
Y aún no estamos hablando de un “shock” hipotético, donde un reciente análisis de mercado coloca a los precios del petróleo en un posible rango hacia 100 dólares por barril si la interrupción se prolonga, con impactos directos en la inflación global si no se reestablece el flujo normal de crudo y gas.
En México, la onda expansiva ya se dejó sentir en el frente cambiario y bursátil. El peso retrocedió 2.03% en una sola jornada, su mayor depreciación desde el 4 de abril de 2025, cuando los mercados reaccionaron a los aranceles recíprocos anunciados por Donald Trump.
Apenas tres días después de iniciar el conflicto, el dólar cerró en 17.6367 pesos, hilando cuatro sesiones consecutivas de pérdidas para la moneda nacional, de acuerdo con cifras de Banxico. ¡Y ojo! No es una crisis, pero sí una señal de nerviosismo.
La Bolsa Mexicana de Valores también acusó el golpe, y en ese mismo periodo de 72 horas llegó a desplomarse más de 5%.
Las pérdidas fueron encabezadas por el sector minero, particularmente sensible a la volatilidad global, por lo que los títulos de Grupo México cayeron 6.57% a 205.75 pesos, mientras que Industrias Peñoles retrocedió 6.48% a 976.41 pesos. Cuando el mundo se tensiona, el capital busca refugio y castiga activos expuestos al ciclo internacional.
¿Qué significa para nosotros?
Se puede discutir el fondo moral o las justificaciones estratégicas de cualquier guerra, pero en el terreno humanitario y económico hay hechos que no admiten ideología. Al final, una escalada en Medio Oriente se traduce en más caro para producir, mover, calentar y viajar.
Ahora bien, hay matices importantes para México. Expertos financieros en el país han señalado que mientras el petróleo no supere niveles de 110 o 120 dólares por barril, el impacto estructural sobre el mercado nacional sería limitado.
La razón, argumentan, es clara, ya que más de 60% de la generación eléctrica mexicana depende del gas natural proveniente de Estados Unidos vía ductos, no del gas natural licuado que cruza el Golfo Pérsico.
Además, el precio de la gasolina regular en México se mantiene topado en un máximo de 24 pesos por litro desde febrero de 2025, como medida para amortiguar la volatilidad internacional.
Precisan que si el crudo escalara por encima de 120 dólares, el gobierno podría reactivar estímulos al IEPS, e incluso replicar el esquema de 2022, cuando Hacienda otorgó apoyos adicionales para contener el precio hasta 10 pesos por debajo del nivel internacional.
Más allá de la volatilidad cambiaria y de las correcciones bursátiles, lo que está en juego es algo más profundo: la estabilidad de un sistema energético global que sigue dependiendo de pocos corredores estratégicos y de equilibrios geopolíticos frágiles.
Y todo esto ocurre en un mundo que creía, hasta hace poco, que la diversificación de fuentes energéticas y reservas estratégicas mitigaba este tipo de riesgo.
Hoy vemos que todavía no hay sustituto fácil para el crudo y el gas que pasa por Hormuz, y que cuando esa arteria se ve comprometida, el impacto se siente desde Delhi hasta Chicago, y desde Berlín hasta Tijuana.
Ojalá que la diplomacia logre imponerse antes de que la factura económica y, sobre todo, humana, siga creciendo. Por el bien de miles de inocentes, que no eligieron estar en medio del conflicto, porque como alguna vez nos enseñó el papa Francisco, “la guerra siempre es una derrota”.
















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