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Política de los negocios

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Claudia Sheinbaum entró exitosamente a la escena global

El pasado viernes 5 de diciembre, en el majestuoso escenario del FIFA World Cup 2026 Final Draw — celebrado en el Kennedy Center de Washington, D.C. — la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, vivió su primer encuentro cara a cara con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. 

Lo que para muchos podría interpretarse como mera formalidad diplomática, tiene dimensiones estratégicas, ya que marca la presencia de México con voz propia en eventos globales y traza — al menos simbólicamente — su posición frente al vecino del norte.

Por primera vez, tras años de política exterior marcada por tensiones, México llega con su presidenta a una megaceremonia global que combina deporte, diplomacia y espectáculo. 

Al actuar en conjunto con líderes globales en un evento de escala mundial, Sheinbaum proyecta una imagen de seriedad, apertura y pragmatismo. El deporte, la cultura y los grandes eventos mundiales son canales distintos a los tradicionales y, a veces, más efectivos para dirimir diferencias, reconectar economías o recalibrar relaciones.

Es fundamental destacar que Sheinbaum no acudió como invitada secundaria, sino como anfitriona de facto de uno de los eventos más globales del año. 

Al subir al escenario junto a Trump y al primer ministro canadiense, Mark Carney — bajo la batuta del presidente de la FIFA, Gianni Infantino — México insistió en su papel central en la organización del Mundial 2026.

Durante la ceremonia, Sheinbaum hizo suya la responsabilidad de recibir al mundo. “Estamos orgullosos de recibir por tercera vez la Copa Mundial”, declaró la presidenta, al anunciar que la selección mexicana abrirá el torneo. 

En ese contexto, su presencia fue deliberada y envía el mensaje de que México quiere ser protagonista, captar inversiones, avivar turismo, y poner en el centro internacional un país con aspiraciones de estabilidad económica, diplomática y comunitaria.

Un gesto diplomático con trasfondo económico y geopolítico

El encuentro entre Sheinbaum y Trump trascendió lo futbolístico. Fuentes han indicado que en su breve reunión exploraron vías de cooperación en comercio y otros temas bilaterales, justo cuando México y Canadá — junto con Estados Unidos — se encaminan a la próxima revisión del USMCA en 2026. 

Más allá de los discursos, el hecho de sostener un diálogo en un marco distinto — deporte, cultura, espectáculo global — puede abrir canales distintos a los habituales de tensión comercial o migratoria.

Para Trump, según sus propias palabras, el evento representó “un gran día” y resaltó el potencial del Mundial como motor económico, diplomático y de cooperación internacional. 

Que ese mensaje haya sido pronunciado en presencia de Sheinbaum legitima no sólo la ceremonia futbolera, sino la nueva agenda de México hacia el exterior, como una más proactiva, menos reactiva y menos subordinada.

Vitrina amplia y estratégica

El Mundial 2026 no será un torneo cualquiera. Será, según Infantino, “el mayor evento que la humanidad ha visto” — 48 selecciones, millones de aficionados en todo el planeta, 16 sedes en tres países, y la mirada mundial sobre las calles, estadios, inversiones e infraestructura mexicana.

Y con Sheinbaum en Washington se lanza una imagen clara, en el sentido de que México no sólo aporta sedes, instalaciones y público; aporta liderazgo, estabilidad política y capacidad diplomática. 

Por eso, ésta es una oportunidad de oro para atraer turismo, inversión, desarrollo y orgullo. 

Así que este primer cara a cara entre Sheinbaum y Trump, lejos de ser anecdótico, puede marcar una nueva etapa. 

No es un cheque en blanco, no borra tensiones, hay que ser claros, porque el T-MEC, los aranceles, la migración seguirán presentes. Pero demuestra que México está dispuesto a competir en el terreno diplomático con dinamismo, sin esperar invitaciones pasivas.

Mientras eso sucede, Sheinbaum aprovechó el sorteo del Mundial no como un acto de cortesía, sino como una plataforma estratégica, deportiva, diplomática y económica. 

Al final, el reto, claro, será convertir la vitrina mediática en resultados concretos, con inversión real, mejores condiciones para turismo, estructura sólida de cooperación, y un México reconocido internacionalmente no sólo como sede, sino como referente.

La pelota ya está en juego. Diplomáticamente, México abrió el marcador. Lo importante será sostener el ritmo.

La apuesta al frente de la Fiscalía General de la República

El nombramiento de Ernestina Godoy Ramos al frente de la Fiscalía General de la República (FGR) no debe verse simplemente como un relevo más, sino como un reconocimiento a una carrera larga, consistente y — en ciertos aspectos — esencial para reconstruir al sistema de procuración de justicia en México.

Godoy tiene trayectoria jurídica y administrativa. Egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fue procuradora y luego fiscal en la Ciudad de México, diputada local y federal, senadora y consejera jurídica de la Presidencia; su nombre fue enviado por la presidenta Claudia Sheinbaum al Senado, y la Cámara Alta la ratificó, convirtiéndola en la nueva titular de la FGR.

El relevo ocurrió tras la renuncia de Alejandro Gertz Manero, un movimiento que abrió la puerta a un ajuste institucional que la propia Sheinbaum había considerado necesario. 

La decisión, lejos de una simple sustitución administrativa, supuso una señal política de firmeza del Ejecutivo, al lograr la aprobación legislativa sin fracturas visibles.

Mientras tanto, la experiencia de Godoy Ramos previa en la Fiscalía de la capital y su paso por la Consejería Jurídica le dan una ventaja práctica. Conoce el aparato de justicia desde dentro, sus fallas estructurales, sus procedimientos, sus inercias.

Esa familiaridad puede traducirse, si hay voluntad, en un proceso de reordenamiento institucional real, hasta una reconfiguración del enfoque de persecución.

Además, su nombramiento marca un hecho de relevancia simbólica, ya que por primera vez una mujer dirige la FGR, aunque antes ya había ocurrido con la extinta PGR.

Y es que en un país que sufre violencia estructural, impunidad crónica y una histórica desconfianza hacia los órganos de justicia, ese hecho no es menor. Dota de legitimidad de género e institucional a un mecanismo central del Estado, lo que puede mejorar su sensibilidad ante temas como violencia de género, derechos humanos y corrupción de cuello blanco.

Por lo pronto, desde Palacio Nacional se ha señalado que el impulso de Godoy busca una mayor coordinación con las autoridades de seguridad, desde Secretaría de Seguridad, Guardia Nacional y fiscalías estatales, como una forma de articular esfuerzos sin sacrificar la autonomía de la FGR.

Este es un punto clave, ya que la impartición de justicia no puede operar de forma aislada ante la complejidad de la violencia y la impunidad en México.

Por tanto — sin exageraciones — el nombramiento de Ernestina Godoy representa un acierto institucional y político.

Y hay que dejarlo en claro, no porque garantice resultados inmediatos — sería ingenuo —, pero sí porque ofrece un perfil con experiencia, conocimiento del sistema y legitimidad simbólica que, con talento y determinación, puede sentar las bases de una Fiscalía más profesional, coordinada, sensible y eficaz.

Así que por lo pronto, el verdadero reto ahora no es el nombramiento, sino su desempeño. Que esa trayectoria no termine en gestos, que la sensibilidad no se desvanezca ante presiones, y que su permanencia signifique, de verdad, una Fiscalía capaz de perseguir delincuentes, proteger derechos y restituir la confianza mínima que hoy los ciudadanos tienen en la justicia.

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