La historia de Lourdes Alonso no es un relato sobre cómo vencer al cáncer, sino sobre lo que cambia cuando la enfermedad obliga a repensar el tiempo, el dinero, la maternidad y la forma en que protegemos a los nuestros. Es una invitación a detenerse y observar cómo una experiencia límite puede transformarse en una ética de vida, donde prever no es miedo y la responsabilidad se vuelve una forma silenciosa de amor.
Hay vidas que se entienden mejor como una partitura o con silencios…con notas sostenidas o con quiebres que parecen finales y en realidad son modulaciones.
Lourdes Alonso es una de esas mujeres que se escuchan como una melodía de Ennio Morricone, donde la belleza no niega la tragedia, sino que la atraviesa sin quebrarse, y la voluntad de seguir adelante es lo único que no permanece inmóvil.
“Lo esencial es invisible a los ojos”, escribió Antoine de Saint-Exupéry, y quizá por eso Lourdes se reconoce más en lo que no se ve: en la fe que sostiene cuando el cuerpo flaquea, en la convicción que permanece cuando el miedo intenta instalarse, en esa voluntad casi artística de sobrevivir sin endurecerse.
Porque sobrevivir, en sus palabras, nunca ha sido únicamente respirar, sino crear, cuidar y creer.
Viste de amarillo y lleva un aroma que recuerda a las flores de abril. No a una en específico, sino a una mezcla suave y persistente de neroli y jazmín que queda en el aire cuando alguien pasa.
Viene del arte de la pintura, del gesto y del color, pero también de la lucha. De esa que se libra puertas adentro, cuando el diagnóstico pega como golpe seco y la vida exige respuestas inmediatas.
Porque en ella conviven la artista y la empresaria, la madre y la mujer que no se permite claudicar, la sensibilidad que pinta murales y la mente que entiende que la dignidad también se planea para enfrentar al cáncer.
CUANDO LA VIDA NO AVISA
Al saludar a Lourdes en su arribo a CAMPESTRE y preguntarle cómo está, responde con una energía que sorprende.
En ese instante entiendo que esa pregunta ya no significa lo mismo para ella que para la mayoría de personas, porque hay cuerpos que han pasado por batallas donde el lenguaje cotidiano se queda corto.
A los segundos intuyo que, a pesar de su energía, habla con la calma de sólo quien ya estuvo del otro lado y volvió.

Y en lo personal, no escucho estas historias solamente desde la curiosidad. Las escucho desde un sitio donde la enfermedad no es una posibilidad remota, porque cuando alguien ha visto de cerca lo que se pierde, aprende a escuchar distinto. Aprende, sobre todo, a no mirar hacia otro lado.
“La situación de ser una mujer sola que tenía que sacar una familia adelante me llevó a entrar al tema de los seguros, como agente. Y ya siendo agente, me sorprendió una enfermedad: cáncer de mama. Entonces me tocó ser agente y me tocó ser cliente. Ahí entendí la diferencia inimaginable entre tener un seguro de gastos médicos y también contar con un fondo de ahorro”, narra.
En su historia no hay victimismo ni épica impostada, pero sí hay algo más hondo: el pensamiento de una mujer que, frente al diagnóstico de cáncer, no preguntó “¿por qué a mí?”, sino “¿qué hago con esto?”.
Y esa pregunta, repetida en silencio durante noches largas, se convirtió en lo que le daría la dirección a sus decisiones.
UNA VOZ QUE YA ESTUVO AHÍ
¿Quién es Lourdes Alonso?
Hay algo profundamente humano en esa respuesta. Y esto reside en la ironía de quien vive de prevenir riesgos y, aun así, se enfrenta al más crudo de todos.
“Soy una mujer que aprendió a salir adelante con lo que tenía. Viví la enfermedad desde dentro y entendí que estar preparada no quita el dolor, pero sí te da respaldo. Hoy soy alguien que vive con herramientas.
“Quizá el diferenciador que puedo tener con otros colegas, en una trayectoria de 10 años, es haber pasado por cáncer dos veces: hace ocho años, cáncer de mama; posteriormente, hace dos años, cáncer metastásico, pero véanme aquí”, afirma con una sonrisa.
“Actualmente estoy muy bien, gracias a Dios. Fortalecida física, mental y espiritualmente. Quizá con una resiliencia especial, porque tengo la calma de contar con los medios”.
Cuando explica por qué hoy su discurso sobre seguros es distinto. Por eso, para ella, una póliza no es un contrato, sino una red.
“Si las cosas salen mal y te toca irte, dejaste un seguro de vida. Si quedas incapacitada para trabajar, tienes un seguro de invalidez. Si no pasó nada, pero ocupas dinero para pagar la póliza, tienes un fondo”.
En esa enumeración sencilla está contenida una filosofía completa, donde la previsión no es miedo al futuro, es amor en presente. Amor por los hijos, por la propia tranquilidad, por la posibilidad de concentrarse en sanar y no en sobrevivir económicamente.
Bajo esa perspectiva, insiste en algo que suele incomodar: los gastos médicos no son un lujo, son una necesidad que crece con los años.
Ella, explica, ha visto demasiadas historias romperse ahí, con familias obligadas a vender patrimonio, hijos cargando responsabilidades que no les corresponden, decisiones médicas condicionadas por el dinero.
Por eso busca predicar la conciencia, donde no se ofrece lo imposible, sino se diseña lo viable. Pólizas sostenibles en el tiempo, deducibles entendidos, no negados.
“Siempre debe de existir una responsabilidad compartida entre quien contrata y quien asesora”, sostiene.
¿Qué es lo más gratificante de ser Lourdes Alonso?
“Poder ayudar a las personas a enfrentar circunstancias difíciles. He sido testigo de fallecimientos donde las personas no esperaban morir. Poder entregar una suma asegurada, un patrimonio, cambiar una historia de pérdida por un respaldo, eso es un regalo enorme”.
Ahí Lourdes deja de ser sólo agente de seguros y se convierte en puente, entre el golpe y la contención.
PREVER TAMBIÉN ES UNA FORMA DE AMAR
Su trabajo hoy se centra en acompañar a familias que entienden que prever no es miedo, sino amor organizado.
Lourdes Alonso no vive esperando garantías, confiesa. Vive con tranquilidad. Y esa diferencia —sutil pero decisiva— lo cambia todo.
Cada mañana que despierta, confiesa, entiende que estar viva no es sólo respirar… es seguir siendo madre, sostén, ejemplo.
Sus hijos la miran como se mira a alguien que no se quebró cuando parecía inevitable.
Por eso habla de seguros de vida, de ahorro y médicos desde un lugar distinto, como si esto fuera responsabilidad afectiva, porque en un país que evita hablar de enfermedad, muerte o previsión, Lourdes se para de frente para recordarnos algo esencial: el amor también se planea, y dejar todo al azar no siempre es valentía, sino a veces es descuido.
Porque al final no se trata de vivir sin miedo, sino de no permitir que el miedo decida.
Y Lourdes —cada día que sigue aquí— nos enseña a entender que se debe vivir con valentía serena, profunda y luminosa.
Tal vez por eso esta historia no empuja a decisiones inmediatas, sino detenerse un momento y mirar con atención lo que cuidamos, lo que postergamos y todo aquello que damos por sentado mientras hoy todo parece estar bien.
Y la mejor forma de honrar historias como la de Lourdes Alonso es no esperar a vivirlas para empezar a cuidarnos.
















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