Por: Oscar Montoya
Las mañanas de enero en Tijuana poseen una luz particular. Es una claridad de borde afilado, que recorta los cerros y brilla sobre el asfalto con la precisión de un estoque de plata. Es una luz directa, honesta, muy parecida a la forma de abordar la existencia que tiene don Alfonso Bustamante Anchondo. Son cerca de las once y en la oficina donde tendrá lugar la charla, él ya ocupa la cabecera de la mesa; no lo hace por un despliegue de autoridad impuesta, sino por una gravedad natural, ese peso específico que otorgan los años bien vividos.
Viste una chaqueta Harrington azul, esa prenda que popularizaron íconos como James Dean o Steve McQueen, y que en él adquiere una distinción madura, casi académica. Habla con una voz neutra, un tono que no busca el protagonismo pero que lo obtiene por derecho propio. Con su experiencia, Alfonso no necesita alzar la voz; su presencia domina el espacio como un director de orquesta que solo necesita un gesto mínimo para silenciar a la sección de cuerdas.
Para Bustamante, la vida ha sido una faena ejecutada con temple, mando y concierto. “Tuve la suerte de estar viviendo todavía para gozar eso que nadie te da”, dice, refiriéndose a una dinastía personal que suma 13 nietos y cuatro bisnietos. Sin embargo, antes de ser el patriarca sereno que es hoy, don Alfonso fue el joven de 21 años que decidió que el destino, como los toros de lidia, se toma por los cuernos o te arrolla.
La fotografía de un sueño: El México de “Golden Age”
La historia de su inicio parece extraída de un guión de la Época de Oro del cine mexicano. Estamos en una Tijuana que era el patio de recreo del mundo, un enclave cosmopolita donde el glamour de Hollywood cruzaba la frontera. En el restaurante familiar de los Bustamante, el desfile de turistas estadounidenses era constante. Eran visitantes “de los que ya no hay”, recuerda don Alfonso con una nota de nostalgia: hombres de sombrero de ala ancha y mujeres de elegancia cinematográfica que buscaban la mística de la frontera.
Aquellos turistas, fascinados por la estética del “matador”, le pedían fotografías vestido de luces. Alfonso no era torero, pero tenía el porte, la estructura ósea y la mirada desafiante que el traje exige. La imagen precedió a la realidad. Fue en un festival benéfico del Club de Leones donde la farsa se convirtió en destino. Se ofreció como matador sin haber dado, aún, un solo capotazo serio en su vida.
En el toreo, como en los negocios, el “trato” se respeta. Alfonso buscó a un español retirado para que le enseñara los rudimentos: cómo colocar los pies, cómo ofrecer el pecho, cómo no dejarse ver el cuerpo por el animal. Aquella tarde, la plaza estaba a reventar. La adrenalina de sentir el aire desplazado por el pitón fue el veneno que lo cambió todo. Su padre, un hombre de trabajo y orden, se opuso con la firmeza de quien teme perder a un hijo en la arena. Pero la semilla ya estaba plantada. Alfonso pasó de las fotos posadas a las fotos en el ruedo, con capota suspendida en la verdad de una verónica o un derechazo, bajo la tutela del matador Rogelio Leduc.
La geografía de las plazas
Si los años 50 y 60 definieron el estilo de Bustamante, su carrera taurina definió su conocimiento de México. Torear es una forma de cartografía. Mientras la radio mexicana de la época vibraba con las notas de Agustín Lara, Alfonso recorría el país de punta a punta. No solo fueron las grandes plazas como la Monumental de Monterrey o la Nueva Progreso de Guadalajara; fue el México de los pueblitos, donde el polvo de la tarde se mezcla con el olor a puro y mezcal.
Su paso por la Plaza México, la catedral del toreo en América, fue el doctorado. Cortar una oreja en ese escenario no es solo un triunfo deportivo; es una validación existencial. En ese ruedo, donde el silencio de cuarenta mil personas pesa más que el ruido, Bustamante aprendió que el respeto se gana centímetro a centímetro, aguantando la embestida sin desdibujarse.
El miedo y la maestría: Una filosofía del riesgo
Al preguntarle por el valor, don Alfonso se aleja de la retórica heroica y aterriza en una honestidad descarnada: “No hay torero que no sienta miedo. Y si te lo dice, miente”. Esta confesión lo humaniza y, paradójicamente, lo enaltece. El miedo no es la ausencia de valor, sino su gestión.
Haciendo un ejercicio comparativo, Bustamante ve el ruedo como el mundo de los negocios o la vida familiar: exige conocimiento de las “ganaderías”. Hay que saber qué terreno pisas, si el “toro” que tienes enfrente es bravo o es manso con sentido, si embiste con franqueza o busca el cuerpo. “Tienes que ser consciente de que tú no eres cualquiera”, sentencia. Es la distinción del profesional: la preparación técnica como único antídoto contra la tragedia. Las tardes malas, esas donde el acero no entra o el viento descompone la muleta, prefiere borrarlas. En su narrativa personal, solo hay espacio para la luz.
El ritual del después y el eco de José Alfredo
En la cultura taurina, la corrida es solo la mitad del evento. La otra mitad sucede cuando cae el sol y el traje de luces se guarda en el maletín de madera. Para Alfonso, la verdadera recompensa eran esos minutos de paz tras el triunfo, cuando la tensión acumulada se disuelve en una cena con amigos. Eran los años de las grandes tertulias, donde los toreros alternaban con artistas, intelectuales y políticos.
La banda sonora de esas noches era el mariachi. No es coincidencia que su canción favorita sea “Si nos dejan”, de José Alfredo Jiménez. Hay algo profundamente taurino en las letras de José Alfredo: la fatalidad, el amor absoluto y el orgullo. Bustamante recuerda celebraciones que se extendían por 22 horas, un maratón de música y fraternidad que hoy parece una leyenda urbana en una Tijuana más acelerada y menos ritualista. En ese entonces, el tiempo no se contaba en minutos, sino en copas y canciones.
“Así te conocí”: El sueño de papel
La capacidad de reinvención de don Alfonso desafía las etiquetas. Un hombre que admite no haber sido un lector devoto durante su juventud, decidió un día, tras un sueño, que se convertiría en autor. El proceso creativo de su libro, “Así te conocí: México, las plazas y su gente”, fue una faena de aliño para su propia memoria.
“Me despertó la memoria”, dice con sencillez. El libro no nació por una ambición literaria, sino por una necesidad de justicia: la de reunir a los amigos que quedan vivos y dejar testimonio de una época donde la palabra valía más que un contrato firmado. Bustamante aplicó la misma máxima que en el ruedo: “Meterle duro y hacer lo mejor que puedas”. Su obra es hoy un puente entre el México de ayer y el de hoy, un recordatorio de que los sueños no tienen fecha de caducidad.
El cierre de una faena perfecta
Alfonso Bustamante define a Tijuana como su ciudad, pero añade un adjetivo clave: “Diferente”. Él mismo es un modelo de esa diferencia. Es el hombre que puede hablar de la crudeza del ruedo y, un segundo después, emocionarse por el valor de la familia, un concepto que heredó de sus padres y que considera su mayor tesoro.
Cuando se le pregunta si alguno de sus nietos ha sentido el llamado de la fiesta brava, responde con un “afortunadamente no”, que revela la sabiduría del hombre que conoce el precio de la gloria. No quiere para los suyos el peligro, pero sí el carácter.
Al terminar la entrevista, don Alfonso se ajusta la chaqueta Harrington. No hay rastro de arrogancia, solo la paz de quien ha hecho los deberes. Dice que ya puede morir a gusto, pero lo dice con una sonrisa que sugiere que tiene planes para muchas mañanas de enero más. Su éxito no reside en los trofeos que decoran las paredes del Salón de la Fama del Deporte de Tijuana, sino en esa capacidad de sentarse a la cabecera de la mesa y ver, con ojos limpios, el rastro de una vida que ha sido, por encima de todo, una obra de arte.
Bustamante sigue aquí, “usando la vida”, enseñándonos que la verdadera elegancia consiste en saber estar frente al toro, frente al éxito y frente al tiempo, siempre con la muleta firme y el corazón abierto.
















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