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Cetto, el legado que transformó la identidad del vino mexicano

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A lo largo de casi un siglo, esta casa vitivinícola construyó un modelo único que fusiona tradición artesanal y procesos de vanguardia. Desde su primer viñedo en Baja California hasta su consolidación como un exportador que llega a más de 17 países, Cetto ha convertido la calidad en un activo estratégico y el prestigio en su mejor carta de presentación.

Hay lugares donde el tiempo no avanza en línea recta, sino que se curva como un racimo que madura en secreto. Donde el terruño se funde con los sueños de quienes se atrevieron a convertir el suelo en un altar, con la esperanza de encontrar la vid perfecta.

De este modo, en un rincón de Baja California donde el horizonte se abre en un silencio que quema, entre las colinas de Ensenada y los vientos que traen un eco mediterráneo, surgió Bodegas Cetto, una estirpe que aprendió a domesticar la uva con la paciencia de los alquimistas y la convicción de quien sabe que la posteridad se cultiva surco a surco.

Su historia, sin embargo, no nació en México. Se remonta a siete generaciones de tradición vitivinícola italiana, iniciada por Francesco Antonio Cetto y continuada por su hijo Francesco Alloisio y su nieto Luigi en Selva di Lévico, un pequeño poblado de Trento donde la vid era más que un cultivo, al ser una herencia. 

En 1924, Angelo, hijo de Luigi, llegó a México con la convicción de que la tierra podía volver a hablar el idioma del vino. Cuatro años después, fundó Bodegas Cetto y dio comienzo a una saga que transformaría para siempre la enología nacional.

Porque si el vino es un lenguaje, Bodegas Cetto ha escrito un dialecto propio, cargado de matices, de estaciones, de memorias que se heredan.

A partir de ese sueño, desde 1928, esta casa ha demostrado que la nobleza de un viñedo no depende del origen europeo, sino de la terquedad de quienes se atreven a plantar esperanza en la piedra caliza del Valle de Guadalupe, hasta consolidarse como la bodega más grande en elaboración de vino de todo México.

“El vino es la luz del sol unida por el agua”, susurró Galileo Galilei. Y quizá no haya metáfora más exacta, porque en cada copa firmada por esta casa vinícola, cabe un poco del sol que entolda los viñedos y un poco del agua que los redime.

La grandeza no se improvisa

Tras un encuentro con Luis Angelo Cetto, comprobamos que en estas tierras, las vendimias no se cuentan como simples cosechas, sino como capítulos de un relato que empezó hace casi un siglo y que todavía se está escribiendo con manos que huelen a mosto y a destino.

Tal vez por eso, es fácil olvidar que la grandeza no se improvisa. Que detrás de cada etiqueta hay madrugadas interminables, manos teñidas de púrpura y la obstinación de una familia que se negó a claudicar.

¿Qué enseñanzas familiares y empresariales se han transmitido de generación en generación para mantener su fortaleza y ADN?

“El valor de la constancia y la integridad. Generación tras generación compartimos la convicción de que el éxito real no se mide sólo en ventas, sino en la reputación que construyes con el tiempo. Desde muy jóvenes nos enseñaron que el vino se hace en el viñedo y en la relación con las personas, con quienes trabajan con nosotros y con quienes disfrutan nuestras etiquetas”.

Es allí cuando el viento del Pacífico recorre los surcos y mueve las hojas con un murmullo que parece un salmo, y uno descubre que el vino no es una bebida, sino la ceremonia de recordar de dónde venimos.

Desde este lugar, el tiempo ha comenzado a contarse de otra forma. Porque noventa y siete vendimias no cuentan solamente como un aniversario, simplemente son el epílogo a la grandeza.

“Nuestra esencia e identidad está ligada a la historia del vino en México. Hemos estado aquí desde que prácticamente no existía una industria formal. Ser parte de esta evolución ha sido un honor, pero también una responsabilidad: la de mostrarle al mundo que México no sólo tiene un gran pasado vitivinícola, sino un futuro brillante. Nuestro legado es uno de perseverancia, autenticidad y visión de largo plazo. Cada botella es un testimonio de trabajo honesto, respeto por la tierra y orgullo por nuestras raíces”, señala Luis Angelo.

Un acto de fe

Dicen que la tierra recuerda. Que cada raíz guarda el testimonio de quienes la fecundaron con esperanza.

Y mientras los toneles aguardan, mientras las botellas reposan como custodias de un misterio, uno comprende que este presente vibra con la expectativa de un futuro que asoma como un umbral dorado. 

Hoy, mientras la empresa celebra su cosecha más reciente, la número 97, también inicia la cuenta regresiva: la de los tres años que separan este momento de un centenario histórico.

Así, cada cosecha en estos campos de clima mediterráneo se confirma como un ritual silencioso que enseña que el verdadero lujo no se exhibe, sino que se cultiva en la penumbra paciente de las barricas. 

Se cuida como una herencia frágil y poderosa, destinada a sobrevivir a modas y tempestades. Y en esa calma luminosa se revela el arte más antiguo: transformar el fruto en relato, la tierra en promesa, el instante en eternidad.

Cuando se le pregunta qué representa un viñedo que se aproxima al siglo de vida, Luis Angelo describe que es historia viva enraizada en la tierra. “Es la oportunidad de ver cómo una planta sembrada por generaciones anteriores sigue dando fruto y significado”. Porque para él, simboliza paciencia, cuidado y el privilegio de haber acompañado al país en su desarrollo vitivinícola, así como el compromiso de seguir haciéndolo con responsabilidad.

Noventa y siete cosechas, umbral de silencio y fuego

Pero más allá de esa herencia íntima, esta vendimia singular es también un testimonio visible, siendo una historia que habla con cifras, reconocimientos y la fuerza de casi un siglo de perseverancia.

En estos días de luz implacable, cuando el verano tiñe de cobre las colinas del Valle de Guadalupe, se celebra una cosecha que no es un aniversario ordinario. Es la antesala de un siglo. Un umbral donde la memoria y la expectativa se encuentran y se desafían.

Desde 1928, cuando un joven de apenas 24 años llamado Ángelo descendió del barco que lo trajo desde Trento, la historia empezó a germinar con la obstinación de una cepa salvaje.

Hoy, aunque las estadísticas impresionan -más de 17 países reciben sus vinos, con presencia en 24 ciudades mexicanas-, hay algo que no cabe en las cifras: el fervor con el que se han entregado a la tarea de hacer del vino un lenguaje.

En este contexto, también han escrito un logro sin precedentes, al convertirse en la primera bodega de Baja California que alcanza las mil medallas internacionales, distinción que consagra su nombre en la historia de la vitivinicultura mexicana.

Como resultado, la vendimia es más que un festival, y se convierte en un rito que confirma que todo lo valioso nace del contraste: el rigor del clima contra la dulzura del mosto; la piedra caliza que obliga a la raíz a hundirse más hondo; el desvelo que antecede a la primera fermentación. 

Mil medallas y la consagración de la paciencia

Por encima de todo, esa resistencia silenciosa se ha transformado en logros que trascienden fronteras. Mil medallas obtenidas en los certámenes más rigurosos del planeta bastan como testimonio.

Ninguna otra bodega en Baja California había reunido semejante constelación de reconocimientos internacionales. Y ninguna otra, tampoco, ha consolidado la escala de producción y distribución que hoy los convierte en la bodega más grande en elaboración de vino en México.

En junio, la última presea que coronó esa cifra se recibió en New York, durante el Wine Competition, por octava vez en su historia, siendo galardonados como la “La bodega mexicana del año”.

Pero detrás de cada presea hay una historia microscópica, las manos que clasifican la uva, el enólogo que prueba cada tanque con la disciplina de un monje, el ingeniero que certifica los parámetros de acidez. No hay milagro sin método. Cada medalla es un compendio de decisiones precisas que comienzan en el campo y culminan en el paladar del jurado.

Mientras otras marcas optan por multiplicar etiquetas de corto aliento, esta casa ha preferido crear líneas de largo recorrido, con identidad inconfundible.

Así, cuando una botella llega a la mesa de un restaurante en Londres o a la cava de un coleccionista en Ciudad de México, se reconoce de inmediato la huella de esa paciencia rigurosa que no admite concesiones.

Por ello, el prestigio se ha convertido en un lenguaje universal que habla por sí mismo. 

La línea Don Luis, un manifiesto embotellado

Si un vino puede considerarse un acto de sinceridad en Bodegas Cetto, la línea Don Luis Selección Reservada es su testimonio más puro.

Cuatro etiquetas que llevan nombres que no son anécdota: don Luigi Angelo, don Luis Agustín, Luis Alberto y Luis Angelo. Cuatro generaciones contenidas en botellas que no se limitan a complacer la expectativa de alta gama, y, por el contrario, buscan expresar un linaje a través de la idea de belleza.

Estas etiquetas no proceden de un sólo viñedo, son el resultado de la selección de parcelas distintas, cada una con su carácter y sus caprichos, resonando los ecos de San Vicente, San Antonio de las Minas y Tecate. 

Para sus creadores, mientras la industria se encandila con el marketing efímero, esta línea se siente deliberadamente ajena al bullicio. 

En Don Luis Selección Reservada no hay artificios, únicamente el respeto casi reverencial por el fruto, por el cuidado extremo por la crianza y un empeño por hacer del vino un testimonio de gratitud a la tierra que lo hace posible.

“La línea Don Luis es, en esencia, un manifiesto embotellado; es la demostración de que la identidad se forja con tiempo y riesgo, nunca con atajos”, explica.

Pero la vocación de permanencia también se proyecta hacia una responsabilidad que mira de frente el porvenir.

“De cara al centenario, mi aspiración es que se mantenga la esencia sin quedarse en el pasado. Que las nuevas generaciones de la familia y del equipo de trabajo se atrevan a innovar, a explorar nuevas expresiones, nuevos canales, nuevas formas de conectar con el consumidor, sin perder de vista quiénes somos y de dónde venimos. Que sigamos siendo referentes de calidad y orgullo mexicano, sin dejar de evolucionar”, externa Luis Angelo.

El porvenir y la sostenibilidad 

Cabe destacar que, casi al mismo tiempo que llegaba la medalla número mil, la bodega obtuvo dos certificaciones que revelan su compromiso con algo más grande que el negocio: la permanencia del paisaje. 

Por un lado, el reconocimiento de viñedos orgánicos; por otro, el aval que acredita el control riguroso de emisiones de CO2.

Mientras la industria vitivinícola mundial empieza a revalorar la huella ambiental, Bodegas Cetto ha decidido transitar por la vía más rigurosa, con prácticas agrícolas de mínima intervención y vigilancia constante de los parámetros de sostenibilidad. 

Este compromiso, más allá de un gesto, es una forma de devolver a la tierra la dignidad que ha entregado a cada cosecha.

En paralelo, la séptima generación ya respira cerca de los tanques y las barricas. Luis Angelo representa la continuidad y, al mismo tiempo, la promesa de una mirada distinta. 

Hay algo casi simbólico en que el heredero más joven se incorpore justo cuando la empresa se aproxima a su novena década. 

Como si la historia decidiera entregarle la posta en un punto crítico, entre el umbral entre el recuerdo y el futuro.

Este relevo generacional no únicamente un detalle decorativo. Es la señal de que el linaje sigue vivo, dispuesto a evolucionar sin traicionar su esencia. Como si el vino enseñara, una vez más, que el cambio auténtico ocurre en la lentitud y se sostiene en la coherencia.

Quizá algún día, cuando este siglo haya pasado, alguien descorche una botella olvidada en el rincón más sombrío de una cava. Tal vez ese vino conserve intacto el murmullo de estos días: la vendimia número 97, el eco de mil medallas y la certeza de que la dignidad no es un ornamento, sino un destino.

“El vino es la cosa más civilizada del mundo”, escribió Ernest Hemingway, como si ya adivinara que su misterio no reside sólo en el sabor, sino en la forma en que nos reconcilia con lo humano y con lo que no sabemos nombrar.

Porque en este valle que se abre al sol mediterráneo con un gesto orgulloso, Bodegas Cetto se alista para su centenario con la serenidad de quien ha hecho del tiempo un aliado. Entre las piedras calizas de Baja California y las brisas que traen ecos de sal y polvo, cada parra late con la convicción de que ningún legado se improvisa.

Y será entonces, en ese sorbo que concentra décadas de silencio y rigor, cuando alguien entienda que la eternidad no es un gesto solemne, sino un matiz que permanece en la lengua mucho después de la última gota. 

Que ese perfume oscuro, mezcla de ciruela madura, tierra recién abierta y un amargor preciso, contiene algo más que sabor… la memoria de quienes transformaron un valle en promesa.

En ese instante lúcido, donde el paladar se vuelve testigo y cómplice, se revela la certeza de que Cetto no sólo embotelló un paisaje. Forjó un portento enológico capaz de cambiar para siempre la forma en que México entiende su propio nombre cuando se pronuncia en vino.

Finalmente, aquí comienza este viaje, donde sólo nos queda alzar la copa y hacer un brindis que celebra lo logrado y todo lo que aún espera ser contado.

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