Por: Aimé Peralta
En el mapa, Tijuana aparece como un límite. En la realidad, es todo lo contrario. Es un punto de partida, un cruce constante de historias, aspiraciones y desafíos que definen no solo a una ciudad, sino a una forma de entender la vida en la frontera. Porque vivir en Baja California no es simplemente habitar un territorio: es adaptarse, competir, resistir y, sobre todo, aprovechar cada oportunidad que se presenta, incluso en medio de la incertidumbre, puntualizó el diputado federal morenista, Gilberto Herrera Solórzano.
Aquí, donde México colinda con Estados Unidos, la comparación es inevitable. La cercanía con una de las economías más poderosas del mundo impone estándares, presiona mercados y evidencia desigualdades. Pero también impulsa. Obliga a innovar, a moverse más rápido, a pensar distinto. En ese contexto, Tijuana se ha consolidado como una ciudad vibrante, moldeada por la migración, el esfuerzo cotidiano y una identidad que no se define por el origen, sino por la determinación.
En entrevista exclusiva para Campestre Media, Herrera Solórzano enfatizó que si algo distingue a esta frontera es su gente. Una comunidad que, lejos de quedarse en la queja, ha aprendido a levantarse todos los días con una lógica simple pero poderosa: hacer que las cosas sucedan.
En tiempos donde las narrativas negativas suelen dominar la conversación pública, conviene recordar que, a pesar del ruido de pocos, la Diputado Federal por Baja California lucha de la mayoría es la que sigue levantando al mundo. Más quienes apuestan por su entorno que quienes lo abandonan. Y esa mayoría silenciosa es la que sostiene el dinamismo de la ciudad.
Tijuana es, en esencia, una ciudad generosa. Lo ha sido históricamente. Recibe a quienes llegan del sur del país, a quienes regresan del norte, a quienes buscan una segunda oportunidad o simplemente un lugar donde empezar. Aquí, el esfuerzo suele encontrar recompensa, aunque no sin obstáculos. Porque si bien la frontera abre puertas, también exige más. Más trabajo, más ingenio, más resistencia.
En ese entramado, la política juega un papel central, aunque muchas veces se le observe con desconfianza. Y no es para menos. La percepción del político tradicional ha sido erosionada por años de promesas incumplidas y decisiones alejadas de la realidad cotidiana. Sin embargo, ignorar la política no la hace desaparecer. Al contrario, la vuelve más lejana y menos representativa.
Hoy, Tijuana enfrenta retos que reflejan su propio crecimiento, retos por los que estamos trabajando desde la bancada de Morena. El primero es económico. Competir con el vecino del norte no es una metáfora, es una realidad diaria. Las decisiones fiscales, por ejemplo, pueden marcar la diferencia entre que un negocio sobreviva o cierre sus puertas. En una región donde los consumidores comparan precios a ambos lados de la frontera, mantener condiciones competitivas no es un lujo, es una necesidad.
Otro desafío urgente es la movilidad. La ciudad creció más rápido que su infraestructura. Las distancias que antes se recorrían en minutos hoy pueden tomar horas. El tráfico no solo afecta la calidad de vida, también impacta la productividad, el medio ambiente y el estado de ánimo de quienes lo padecen a diario. Pensar en soluciones innovadoras, adaptadas a la geografía única de Tijuana, ya no es opcional: es imprescindible.
Y en medio de todo esto, emerge un tema que durante años permaneció en segundo plano: la salud mental. En una ciudad marcada por el ritmo acelerado, la presión económica y la constante adaptación, el bienestar emocional se vuelve fundamental. La pandemia no hizo más que evidenciar una realidad que ya existía: cada vez más personas enfrentan ansiedad, depresión y otros padecimientos que requieren atención especializada. Hablar de salud mental ya no es un tabú, pero el acceso a servicios públicos sigue siendo una deuda pendiente que brindaremos a la ciudadanía.
“Invertir en Tijuana sigue siendo, para muchos, una apuesta lógica, así lo creo fielmente. No solo por su ubicación estratégica, sino por el espíritu de su comunidad. Una sociedad que no teme explorar nuevos mercados, que se adapta y que encuentra oportunidades donde otros ven dificultades”.
“Pensarse ajeno a lo público es, en el fondo, una contradicción. Quizá no todos se identifiquen con un partido o una ideología, pero eso no significa que no les importen los asuntos que afectan su vida diaria, la diferencia está en reconocer esa preocupación como una forma legítima de participación”. Aseveró al tiempo en que analizaba sus respuestas.
A estos retos se suma uno que golpea directamente el bolsillo y la estabilidad de miles de familias: la vivienda. Tijuana se ha convertido en una de las ciudades más caras para vivir en México, y no es casualidad. Su cercanía con California, particularmente con San Diego, ha generado una dinámica donde los ingresos en dólares inf luyen directamente en el mercado local. El resultado es una escalada en los precios de renta que deja en desventaja a quienes perciben ingresos en pesos. Sin embargo, reducir a Tijuana a sus problemas sería injusto. La ciudad también es un espacio de creatividad, de emprendimiento y de identidad cultural en constante construcción. Su gastronomía, por ejemplo, se ha posicionado como una de las más innovadoras del país. Su escena artística crece, sus industrias se diversifican y su gente continúa apostando por el futuro. “Invertir en Tijuana sigue siendo, para muchos, una apuesta lógica, así lo creo fielmente. No solo por su ubicación estratégica, sino por el espíritu de su comunidad. Una sociedad que no teme explorar nuevos mercados, que se adapta y que encuentra oportunidades donde otros ven dificultades”, finalizó el legislador. Pero más allá de cifras, proyectos o políticas públicas, hay una reflexión que atraviesa todo: la del legado. En un mundo cada vez más acelerado, donde la tecnología redefine la forma en que nos relacionamos, surge una pregunta esencial: ¿qué dejamos atrás? No en términos materiales, sino humanos. La frontera, con todo su vértigo, también invita a detenerse y mirar hacia dentro. A reconectar con causas, con valores, con aquello que da sentido a lo que hacemos. Porque al final, más allá de los cargos, los discursos o los logros, lo que permanece es la huella que se deja en los demás. Tijuana no es perfecta. Está llena de contradicciones, de tensiones y de pendientes. Pero también está llena de vida. De historias que empiezan, de sueños que se persiguen y de personas que, pese a todo, siguen creyendo que es posible salir adelante. Y quizá ahí radica su mayor fortaleza: en no detenerse nunca.
















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