Por: Gustavo Morales, director de BCTneus
El 2026 se abre paso con una certeza discreta: llegó la hora de hablar del poder sin temerle a su nombre. Durante años hemos tejido opiniones alrededor de él, como si mirarlo de frente fuera una falta de cortesía o un riesgo innecesario.
Tal vez por eso la conversación pública en Baja California se ha vuelto un péndulo que oscila entre la queja espontánea y el aplauso automático, sin espacio para la reflexión que decide rumbos.
Sin ese espacio, la política se desvanece y queda sólo la administración de lo urgente. Y gobernar únicamente desde lo urgente es, por definición, gobernar tarde.
He llegado a sospechar que la distancia entre opinar y operar no es de talento, sino de intención. El analista describe; el operador elige dónde está el punto de apoyo que mueve la palanca.
El primero busca claridad; el segundo, resultados. No hay jerarquía entre ambos, pero sí una diferencia sustantiva: uno asiste al poder, el otro conversa con él.
Y el poder, aunque muchos imaginen lo contrario, no es un altar ni una trinchera: es una mesa.
Aquí, lo relevante no es la forma de la mesa, sino quién se sienta, quién escucha y quién levanta la voz en el momento preciso.
Baja California, como muchas regiones del país, parece atrapada en un patrón que se repite: gobiernos que anuncian con prisa, comunican sin método y corrigen sobre la marcha; oposiciones que confunden indignación con estrategia; observadores que confunden cercanía con influencia.
En medio de esa coreografía incompleta, la ciudadanía percibe cansancio. No un hartazgo ruidoso, sino un cansancio silencioso: el de quien ya no espera milagros pero sí exige oficio.
Hablar de oficio no es pedir tecnicismos, sino algo más sencillo: que las decisiones tengan fundamentos reconocibles. Que cada programa responda a una necesidad y no a una fotografía. Que la legitimidad deje de ser un escudo retórico y vuelva a ser un contrato renovable con la gente.
La política mexicana ha gastado demasiados años prometiendo horizontes abstractos; quizás este sea el momento de prometer procedimientos claros. La poesía del futuro sirve para inaugurar ciclos; los procedimientos son los que los sostienen.
Hay quienes prefieren imaginar el poder como un territorio minado. Yo prefiero entenderlo como una arquitectura. No se trata de entrar a ciegas, sino de conocer los pasillos, los puntos ciegos, las puertas que nadie anuncia pero todos saben que existen.
Para operar, no basta la indignación; la estrategia necesita paciencia, lecturas finas, la capacidad de saber cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio haga su trabajo. Ahí radica la diferencia entre ruido e influencia: el ruido insiste, la influencia modifica.
No niego la utilidad de la crítica; sería absurdo hacerlo. Pero la crítica, por sí sola, unicamente registra el daño o la promesa. El operador es quien decide si el daño se repara o la promesa se vuelve estructura.
Si algo merece ser intentado en 2026, es este tránsito: de la palabra que observa a la palabra que participa. De la mirada que denuncia a la mirada que diseña. De la opinión como destino a la opinión como herramienta. No para aplaudir al poder, sino para orientarlo cuando se extravía y confrontarlo cuando olvida para quién existe.
Con toda franqueza, no sé si el país está listo para ese giro. Pero sé que la región lo necesita.
Y si nadie se atreve a ocupar ese espacio, se seguirá confundiendo el movimiento con el avance.
Por eso escribo esta columna: porque no debería ser una trinchera ni un púlpito. Debería ser un umbral.
















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