Treinta y cinco años después de su primera aparición en el Canal 12, Pablo Barragán sigue entendiendo el periodismo como un acto de fe y de precisión. Su voz ha marcado generaciones, y fue un infaltable día con día a las 6 de la tarde en los hogares de la región. Hoy, enseña, cocina, escribe y canta. Fue parte del rodaje de Titanic y se declara admirador del cine de Tornatore, de esa nostalgia que trasciende los recuerdos del entrañable Salvatore Di Vita y convierte la memoria en arte. Lejos del reflector, su mensaje es simple y contundente…el verdadero éxito consiste en hacer lo que amas sin traicionar lo que eres.
Por: Alonso Valenzuela
No hay pausa que no sea también una forma de afirmarse. Pablo Barragán pertenece a quienes detienen el reloj para escucharse cuando es necesario. Mientras otros huyen del silencio, él lo convierte en escenario.
Allí, en el instante previo a un nuevo viaje, su mirada revela la certeza de quien ha aprendido que el tiempo se conquista, sí, pero ante todo se habita.
No busca descanso, sino el derecho a existir sin justificaciones; a entender que la felicidad no se negocia.
Lleva el rastro de Terre d’Hermès, como una firma invisible, reservada para quienes no temen al paso de los ayeres ni a la intemperie, y que narra la historia del vínculo entre el hombre y la tierra.
Al escucharlo, queda claro que lo mismo puede estar en un foro de televisión o en una cocina, frente a un altar invisible o ante la cámara; en todos los escenarios mantiene la misma compostura: la del hombre que ha hecho de su nombre una declaración estética y moral.
Hay una sobriedad felina en sus gestos. Traje oscuro, camisa negra, el brillo discreto del cinturón Ferragamo ajustado con la precisión de quien no tolera el desorden. En sus zapatos reluce la paciencia del ritual. Porque Pablo pertenece a esa rara estirpe de hombres que se visten no para impresionar, sino para honrar el día.
En él entendemos —mientras le hacemos una sesión de fotos en el estudio— que la elegancia no es superficie, sino disciplina.
Su voz conserva la cadencia de los noticieros que marcaron generaciones, pero también la calma de quien ha cruzado senderos más hondos: la cocina, el aula, la fe, los caminos polvorientos de un país que lo ha moldeado.
Habla con una dicción precisa, como si cada palabra encontrara su temperatura exacta antes de salir. En sus manos se percibe el gesto de quien ha tocado la verdad y también la herida.
Ha visto desmoronarse la historia in situ: un candidato caído y un país que sangra entre héroes.
Justamente recuerda la noche en que leyó en vivo el atentado del cardenal Posadas Ocampo.
“Estaba yo ya sentado frente a las cámaras, a segundos de comenzar mi transmisión, cuando llega el gerente de noticias, me pone una hoja y me dice: ‘Lee esto’. Yo no alcancé a revisar qué era, saludo y empiezo a leer… y yo lo había conocido, porque fue obispo de Tijuana. Y eso fue algo muy impactante”.
Y aun así sigue de pie, con la tranquilidad del que sabe que la verdad se sostiene.
De ahí su convicción sobre lo que significa comunicar, que no es sólo emitir sonidos, sino transmitir un mensaje de la manera más correcta.
Lo aprendió cuando el oficio todavía tenía peso, cuando la credibilidad no era una moneda de trueque.
Porque aquel joven que, en 1989, empezó frente a las cámaras de Televisa Tijuana, no sabía que forjaba algo más que una carrera: un testimonio sobre lo que significa vivir con coherencia interior.
Treinta y cinco años de ser un referente
Son los últimos días de octubre. El verano ha concluido y el aire seco empieza a presagiar los vientos de Santa Ana, como si Tijuana se transformara, por un instante, en el eco de un paisaje rulfiano.
Llega a las oficinas de CAMPESTRE con puntualidad inglesa. Desde el primer saludo es claro, no necesita presentaciones.
Sin más preámbulo, le lanzo una pregunta tan elemental como reveladora: ¿quién es Pablo Barragán? Una interrogante sencilla, sí, pero que encierra todo lo que creemos saber —o tememos descubrir— sobre nosotros mismos.
“Soy tijuanense, por principio de cuentas, y alguien que ha tenido la posibilidad y la oportunidad de explorar todo aquello que me apasiona. Tal vez lo que más he hecho ha sido precisamente el periodismo, donde cumplo 35 años, sobre todo en televisión. Soy licenciado en Comunicación, pero también tengo una maestría en Desarrollo Humano; una maestría en Cocinas de México; estoy certificado como asesor financiero e intermediario bursátil; y también cuento con una certificación como entrenador y coach en Transformación Cuántica. Me he dedicado a todo eso, a hacerlo bien, a mi forma y a mi modo”.
El hogar donde aprendió a mirar y la nueva época del periodismo
“Televisa fue mi escuela y mi casa por más de 35 años. Aunque ya no trabaje ahí, sigue siendo mi casa”, confiesa.
Hay un brillo en sus ojos que no es nostalgia, sino gratitud contenida. En esos años aprendió el ritmo directo y el de la voz frente al silencio.

Cinco premios Emmy y una estrella en el Paseo de la Fama de Tijuana lo respaldan; él, sin embargo, habla de otra cosa.
“Las grandes satisfacciones no son los premios, sino cuando te das cuenta de que tu trabajo ha ayudado a otros seres humanos”.
Tras un andar en medios informativos como Telemundo y algunos otros regionales, dice ser consciente de que el periodismo ya no es el mismo.
“Creo que en este momento estamos pasando por una especie de purgatorio. Nos tiene que llevar, forzosamente, hacia el otro lado del péndulo. Hacia un periodismo más social, más empático, más comprometido. Los que somos periodistas de academia, los que tenemos formación, sabemos que esto es una responsabilidad. Primero contigo mismo, y después con la comunidad a la que perteneces, porque cualquier persona con un teléfono inteligente puede creerse periodista sin serlo. Así es como se difunde tanta información falsa, que se toma por buena”, sentencia.
“Me preocupa y me duele cómo pueden destrozar vidas, carreras y prestigios sin hacer un verdadero trabajo periodístico. Informar es investigar, contextualizar, ofrecer datos, y no se está haciendo. Las redes nos dicen a quién odiar, nos imponen tendencias, personajes, modas. No estamos ofreciendo información, la estamos imponiendo”.
—¿Qué lectura consideras básica para entendernos mejor como sociedad?
“El Laberinto de la soledad, de Octavio Paz, para entendernos como pueblo. Y Pedro Páramo, de Rulfo, porque aunque habla de otra época, seguimos teniendo mucho de esa esencia. Y también, leer historia. La historia nos permite entendernos, conocernos, viajar mejor, comer mejor. Cuando conoces la historia del lugar que visitas, te conectas con su gente y su tiempo.”
La pasión por la cocina
Al tocar el tema de la comida, es indudable no abordar su historia con la gastronomía, que comenzó relativamente hace pocos años, pero le transformó la vida.
“La cocina me ha abierto puertas que jamás imaginé. He aprendido de cocineras indígenas, que me han abierto su casa y su alma”.
Hoy da clases en Culinary Art School y defiende la identidad culinaria de Baja California.
“Somos un Estado de migrantes, y eso hace que nuestra cocina sea la de todo México, representando bien los valores de este Estado: trabajo, amistad, hospitalidad”.
—¿Cómo ves el panorama gastronómico actual en Baja California?
“La Baja ha sido rica desde hace muchos años, antes de que empezara a hablarse de ella. Saber que actualmente existe ese reconocimiento me da una gran satisfacción. Están surgiendo nuevos talentos, y lo único que pediría es que sigan creando, pero sin olvidar las raíces. Si hoy la gastronomía bajacaliforniana está donde está, es porque, hace décadas, alguien sacó del mar lo que tenía y lo echó a una cazuela con manteca: así nacieron las langostas estilo Puerto Nuevo. Hay que honrar a quienes crearon esos platillos icónicos y seguir innovando.”
Canciones, aromas y placeres
Si su vida tuviera una canción, sería Amor sin límites, de José Luis Perales, confiesa.
“Esa canción apareció en un momento muy especial. Dice que puedes mover montañas, pero si no hay amor, no hay nada”.
También cita That Sunday, That Summer, de Nat King Cole, y el Canon de Pachelbel, con los que escribe o medita.
“Cuando yo muera —dice—, que pongan esa canción. Me representa”.
Y en cuanto a sus series y películas predilectas, destacan Downton Abbey y los dos clásicos de Giuseppe Tornatore: Malèna y Cinema Paradiso, con aquel sublime final que nos regaló Alfredo para Totó, en medio de las notas de Ennio Morricone.
“Uno de mis libros favoritos es Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, cuya película también me gustó mucho porque fue un acercarmiento a varias de mis pasiones: la gastronomía, las tradiciones de México y, sobre todo, un libro bien escrito”.
Al igual, se declara fan del humor negro, pero no del que hiere. “El humor inteligente, el que te hace pensar”. Y confiesa que su cómplice en eso es alguien con quien se ríe “mucho y de todo”.
Secretos y propósito
Pocos saben que Pablo Barragán canta. Lo ha hecho con boleros, jazz y rancheras, y sueña con hacerlo con una Big Band.
Pero tal vez lo más inimaginable, es que también actuó en Titanic, de James Cameron, donde tuvo una breve aparición en primer cuadro junto a los protagonistas Leonardo DiCaprio y Kate Winslet.

“Dije: ‘Tengo que estar ahí’, y estuve. Me llevé un jalón de orejas de mi jefe en ese entonces, Fernando Del Monte, porque no teníamos permiso de hacer esas cosas, pero ‘lo bailado nadie me lo quita’. Cuando me vi en la pantalla unas milésimas de segundo, ¿qué me importó?”, narra entre risas.
Poco antes de despedirnos, Pablo Barragán deja una frase que suena a legado.
“La clave del éxito ha sido creer en mí, aceptar los logros y los tropiezos. Siempre estar aprendiendo, siempre estudiando, y tener claros tus valores.”
“Si me preguntaras si soy, en este momento de mi vida, lo que yo quise ser cuando era niño, yo te diría que la esencia sí, porque, al final, creo haber hecho todo lo que he querido; no me he quedado con ganas de nada. Y yo creo que, en esencia, lo que yo quería de niño era eso. Tal vez no lo identificaba en ese momento, pero en este instante sí lo sé.”
—¿Qué va a hacer mañana Pablo Barragán?
“Seguir viviendo. Pero realmente viviendo en gratitud. Considero que es uno de los grandes valores del ser humano, el estado de gracia por excelencia. Y creo que cuando estás en esa sintonía, también te dejas sorprender: aparecen cosas en la vida que no esperabas”.
“Hace dos años viví una experiencia muy bonita, con el Camino de Santiago. Era algo que había declarado hacía 30 años, pero no lo había hecho. En 2023 dije: ‘Ya, más vale hacerlo’, y lo hice sin expectativas, sólo con la dicha de estar ahí. Caminé 120 kilómetros en cinco días. Fue una sensación incomparable”.
La conversación se extingue con la tarde, y los compromisos pactados previamente en el reloj de ambos ponen fin a la plática.
Pienso en su recorrido, que va desde el set de televisión a las aulas, del Camino de Santiago a los fogones indígenas, de la noticia dura a la sonrisa pausada.
Quizá su historia sea, en realidad, la de un hombre que aprendió a mirar la vida desde todos los ángulos, el del periodista, el maestro, el cocinero, el creyente, el amigo, el que sigue caminando y lo hace con entereza.
Pablo Barragán ha elegido vivir bajo una sola ley: la de su propia libertad. Por eso, cuando le pregunto cómo quisiera ser recordado, responde sin dudar:
“Como alguien que hizo lo que quiso y no hizo lo que no quiso. Que vivió y murió en serenidad”.
Y en esta época, donde todos corren por un minuto de atención, de likes y legitimación en Instagram, él sigue siendo el hombre que, con un gesto leve y una sonrisa, impone respeto.
Ese respeto proviene de habitar su propia entereza, sin exhibirla.
















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