En una ciudad como Tijuana, donde cada día se levantan muros y puentes, algunos de concreto, otros emocionales, otros culturales, los niños son el presente más luminoso que tenemos.
Hoy, en Baja California, como en todo México, celebramos el Día del Niño. Pero más allá de dulces, piñatas o parques inflables, el verdadero festejo está en mirar a la infancia con la seriedad que merece.
Desde 1924, cuando el presidente Álvaro Obregón y el entonces secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, instituyeron esta fecha, el país asumió la responsabilidad —al menos en papel— de proteger y hacer valer los derechos de niñas y niños.
Vasconcelos soñaba con “palacios con alma”, escuelas dignas para que los hijos de nadie tuvieran recuerdos luminosos. Cien años después, el desafío sigue siendo el mismo: garantizar que cada niño tenga acceso a sus ocho derechos fundamentales —vida, salud, educación, alimentación, agua, identidad, libertad y protección— no como favores del Estado, sino como obligaciones ineludibles.

Baja California es un territorio de contrastes, y eso también se refleja en la niñez. Hay infancias atravesadas por la migración, por el trabajo infantil, por la pobreza; pero también hay infancias que florecen gracias al esfuerzo de familias, docentes, asociaciones civiles y organismos que creen que cuidar de un niño es cuidar del alma de una comunidad.
Tijuana, Mexicali, Ensenada y los rincones menos visibles de la región hoy se llenan de colores y actividades, pero la verdadera fiesta será aquella que no se limite al 30 de abril, sino que se extienda al resto del calendario con políticas públicas efectivas y entornos seguros.
Y sí, también es momento para la alegría. Porque los niños son, como se dice en voz baja y verdad alta, la risa más honesta de los hogares. Para quienes buscan celebrarlos hoy, hay opciones extraordinarias en toda Baja California: museos interactivos, funciones especiales de cine, talleres de arte, parques de aventura y experiencias educativas que estimulan su creatividad, su salud y su felicidad. Porque festejarlos también es crear memorias que los fortalezcan.
Unicef ha señalado que entre los 6 y los 13 años se consolidan las capacidades físicas, emocionales e intelectuales que definirán la identidad y autoestima del ser humano. En otras palabras: lo que un niño reciba hoy —amor, atención, conocimiento, libertad, cuidados— determinará lo que será mañana. Y si queremos adultos íntegros, debemos tratarlos desde ya como personas plenas, con derechos, opiniones y sueños que importan.
Así que hoy, mientras en las calles resuenan risas y canciones, y en los hogares se inflan globos o se hornean pasteles, recordemos algo esencial: los niños no son proyectos, son personas. Y celebrar su día es mucho más que una tradición: es una declaración ética.
















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