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Sobreviven en sótano de Los Cabos

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Karla Hernández, de 24 años, escribió desde el sótano del Hotel Westin Spa & Resort en San José del Cabo, donde espera junto con 300 personas a que pase el huracán ‘Odila’ para salir a la superficie: «estoy segura que no hubiéramos sobrevivido si nos hubiéramos quedado afuera».

No hay señal para hacer llamadas telefónicas, pero sí hay internet, comida, agua, colchonetas y hasta juegos de mesa en el sótano del hotel, a donde llegó casi por suerte luego de que se quedó atrapada en un auto en medio del huracán.

Junto con tres amigos, la joven llegó el viernes del Distrito Federal al hotel Royal Solaris, en San José del Cabo, para pasar el puente vacacional que planearon desde hace 3 semanas. «No sabíamos que estoy iba a pasar», comenta.

El domingo, a las 10:00 horas, los amigos salieron del hotel en un auto rentado a «unas playas muy bonitas en La Paz». Estuvieron en Pichilingue hasta las 16:00 horas cuando en el camino de vuelta a San José del Cabo se encontraron con los primeros estragos del huracán.

«En la carretera, no veíamos nada, había ya árboles, letreros y postes caídos y el huracán aún no tocaba tierra», explica.

En el camino, lleno de piedras, se ponchó la llanta del auto en que viajaban. «Estuvimos parados como una hora, no pasaba nadie y no teníamos señal en los celulares».

«Quisimos bajarnos a cambiar la llanta, pero el aire aventaba a mis amigos, era imposible. Atrás de nosotros empezaron a salir chispas de los postes, y fue entonces cuando decidimos movernos, con la llanta ponchada, hasta que encontráramos un edificio o algo».

Karla y sus amigos estaban muy asustados. Planeaban llegar al hotel donde se habían hospedado, pero aún les faltaba 9 kilómetros.

«Avanzamos como un kilómetro y encontramos la entrada del Westin, entramos y otro kilómetro adentro ya estaba el lobby del hotel. Nos bajamos corriendo hacia el lobby, y nos dimos cuenta de que todo estaba vacío. Mis dos amigos fueron a revisar los cuartos buscando ayuda y mi amiga y yo nos encerramos en una bodega que encontramos abierta», dijo.

Karla «estaba muy asustada, no sabía que iba a pasar con nosotros. Sentí que algo muy malo nos iba a pasar si no conseguíamos movernos de ahí».

Los amigos comenzaron a escuchar voces y ver linternas en el lobby abandonado del hotel. «Era la gente de seguridad que nos vieron por la cámara de seguridad y salieron por nosotros».

«Cuando fueron por nosotros, tomaron nuestros datos y nos recibieron con un box lunch súper completo, colchonetas, almohadas, sábanas, coffee break todo el tiempo; están muy organizados», dijo.

Cuando los jóvenes fueron rescatados, el resto de las personas ya llevaban más de cinco horas esperando en el sótano. Estaba bastante tranquilo el ambiente, la mayoría de las personas en sus celulares, iPad, leyendo… conforme avanzó la noche y el huracán tocó tierra, nos pusimos tensos».

«Estaba impresionada, no tenía idea de la magnitud del huracán. Cuando se nos ponchó la llanta tuve mucho miedo», dijo.

Los estragos en su ánimo llegaron en el sótano del hotel. «Mi amigo el que venía manejando estaba muy estresado y se sentía responsable de la llanta ponchada, pero no es culpa de nadie. Llegando aquí, a mí me dolió el estómago toda la noche y mi amigo dijo que sentía ganas de llorar de la impresión y la impotencia».

Hoy, los encargados del refugio los despertaron a las 7:30 horas para el desayuno. Les informaron que no los dejarían salir «porque se cayeron los techos del hotel, las habitaciones no tienen puertas y porque no han terminado de revisar la estructura del hotel para garantizar nuestra seguridad».

Ahora, Karla y sus amigos esperan desde el sótano del hotel el momento en que podrán salir de forma segura y volver a sus casas en el Distrito Federal. «De verdad que con cada segundo que pasa, nos sentimos más afortunados de haber llegado aquí… ahora que veo todo, estoy segura que no hubiéramos sobrevivido si nos hubiéramos quedado afuera».

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