Hace algunos días tuve la fortuna de estar en Querétaro, en un espacio que, más allá del formato de conferencias, terminó por abrir una conversación necesaria sobre el rumbo del turismo en México.
La Secretaría de Turismo del Estado de Querétaro consolidó ahí un ejercicio de análisis estratégico con un ciclo de conferencias celebrado en el Teatro Metropolitano, que reunió a perfiles empresariales con experiencia y visión sobre el sector.
Lo más importante es que éste no fue un evento para acumular cifras ni para repetir diagnósticos conocidos. Fue, más bien, una oportunidad para detenernos y poner sobre la mesa hacia dónde queremos llevar una de las industrias más visibles del país.
Porque los números están ahí y son contundentes. Más de 42 millones de turistas internacionales colocan a México entre los destinos más visitados del mundo. Es un dato que habla bien del país, pero que también obliga a mirar con mayor detenimiento lo que hay detrás. Crecer es importante, pero entender cómo crecemos es todavía más relevante.
Durante mi participación, al presentar la conferencia magistral “El sueño mexicano sí es posible y el nuevo concepto: Turismo Residencial”, abordé una idea que ya no pertenece al terreno de la hipótesis, sino a una transformación que avanza a escala global. El turismo ha dejado de ser únicamente desplazamiento para comenzar a entenderse como permanencia. Cada vez más personas buscan quedarse por temporadas largas, integrarse a los lugares y vivirlos con mayor profundidad. A eso le llamo turismo residencial.
México tiene condiciones naturales para aprovecharlo, con ubicación estratégica, diversidad cultural, calidad de vida competitiva. La oportunidad siempre ha estado ahí, pero el reto es cómo se gestiona.
El turismo residencial puede detonar inversión, generar empleo y dinamizar regiones completas, pero también puede presionar comunidades, elevar costos y desdibujar identidades si no se planea con cuidado.
Por eso la conversación en Querétaro tuvo sentido, porque no giró en torno a atraer más visitantes, sino a construir mejores modelos.

En ese mismo espacio, escuchar a don Miguel Torruco, exsecretario de Turismo en México, ayudó a dimensionar otra variable. La resiliencia del sector no es un discurso, es algo que ya se probó.
Recordemos que la pandemia obligó a frenar todo y, aun así, México logró mantenerse competitivo. Eso habla de una base sólida, pero también abre una pregunta lógica sobre lo que sigue.
Y lo que sigue no es improvisar, es profesionalizar, ordenar y elevar estándares, porque durante mucho tiempo hemos confiado en la inercia del turismo mexicano, en su capacidad natural de atraer, pero esa etapa ya no es suficiente. Hoy la competencia es distinta y exige mayor estructura.
Ahí es donde el capital humano se vuelve determinante. Desde la ANEC lo he sostenido con claridad. El talento existe, pero necesita integrarse de manera más efectiva. Formación, especialización y continuidad no son conceptos opcionales, son condiciones para sostener cualquier modelo que aspire a durar.
Y aquí hago especial énfasis, porque también vale la pena detenerse en algo que no siempre ocurre. Ver en un mismo espacio a empresarios, académicos y sector público conversando con un objetivo común. Puede parecer básico, pero en la práctica no es frecuente. Cuando se logra, se abren posibilidades reales de coordinación.
Al final, lo que me dejó Querétaro es una lectura clara. El turismo en México no está en crisis, pero tampoco puede seguir operando bajo las mismas lógicas. Está en un punto donde definir el rumbo es más importante que acelerar el paso.
Gabriel García Márquez escribió que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. El turismo, en el fondo, tiene mucho de eso. De experiencias que se convierten en memoria, de lugares que trascienden más allá de la visita.
Si esa idea se lleva al terreno del desarrollo, entonces la pregunta cambia. Ya no es cuántos vienen, sino qué se llevan y qué dejamos nosotros en ese proceso.
El turismo residencial puede ser parte de esa respuesta, siempre que se entienda como un modelo que integra y no desplaza, que construye y no satura. No es la solución por sí sola, pero sí una ruta que, bien diseñada, puede aportar equilibrio.
Querétaro nos ha dado una señal interesante al abrir este tipo de diálogo. No desde la promoción, sino desde la reflexión. México tiene todo para seguir creciendo en turismo. La diferencia no va a estar en los recursos, va a estar en las decisiones. En la capacidad de pasar de la inercia a la estrategia.
Porque al final, sí, los números pueden seguir subiendo, pero lo que realmente proyecta el éxito es lo que permanece cuando esos números dejan de ser noticia.
Ahí es donde se construye el fondo, y ahí es donde se decide si el crecimiento fue suficiente… o si realmente construyó algo que valga la pena.
















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