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Mayra Cruz, liderazgo binacional en la CANADEM 

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Lejos del liderazgo performativo, Mayra Cruz propone otra forma de ejercerlo para el bien de la comunidad: estructurar, acompañar y reconocer. Desde la frontera Tijuana–San Diego, su agenda binacional apuesta por la permanencia, la formación y la visibilidad de trabajos que históricamente han sido invisibles.

Mayra Cruz ya está en la sala de juntas cuando entro. Sentada, erguida, con esa sonrisa que le acompaña, conversa sin prisa.

Quien conoce su carácter entiende que no ocupa el espacio, sino que lo sostiene. 

Los segundos pasan y ella no parece aguardar nada. Está ahí como quien llega a tiempo, incluso cuando otros no lo hacen.

Y cuando arriba, el aire cambia. No por estridencia, sino por esa rara cualidad que tienen algunas presencias de ordenar el ruido sin levantar la voz.

Recién nombrada presidenta de la Cámara Nacional de la Mujer (CANADEM) en San Diego y Tijuana, Mayra sostiene este encuentro con CAMPESTRE como quien acepta el reto de mirar de frente.

El poder como responsabilidad

Hay encuentros que no se parecen a una entrevista, sino a una travesía. Éste fue uno de ellos. Una conversación que avanza como marea, a veces suave, a veces con oleaje que raspa la roca y obliga a reflexionar.

Frente a mí, una mujer que ha aprendido a habitar la frontera —no sólo la geográfica, sino la emocional, la cultural, la simbólica— como territorio de sentido. La frontera donde se cruzan expectativas y disciplina. Fe y acción. Y lo mismo el silencio que la palabra.

Porque en tiempos de liderazgo performativo, de consignas rápidas y biografías infladas, Mayra Cruz llega con otro pulso.

No trae el brillo del reflector; trae la persistencia del oficio. Lo dice sin subrayarlo, casi sin intención de convencer. 

Habla de la frontera como quien no la idealiza. Tijuana–San Diego como sistema nervioso, un flujo continuo de historias, cuerpos, economías y lenguajes que no siempre coinciden, pero se rozan todos los días.

“Fácil decirlo, difícil sostenerlo”, comenta en algún momento. Y en esa frase breve se condensa buena parte de su mirada.

Porque en ese mapa complejo, la presidencia de la Cámara Nacional de la Mujer no es un cargo decorativo, es una responsabilidad ética. 

Mayra la asume sin épica artificial, con una sobriedad que desarma y obliga a escuchar.

Es una forma de poder que acompaña e ilumina. Como esas linternas que no prometen el camino completo, pero permiten dar el siguiente paso. No lo dice así, pero se entiende.

Justamente, el escritor José Gordon suele decir que pensar es encender una luciérnaga en la noche del mundo. Y hay algo de eso en esta conversación: una luz insistente, que no busca deslumbrar, sino orientar.

Cuando el tema gira hacia las mujeres —su lugar, su trabajo, su histórica invisibilidad— el tono se afila. No hay consignas, hay precisión. Nombrar sin reducir. Decir lo incómodo sin volverlo eslogan.

Octavio Paz escribió que “la libertad no necesita alas, lo que necesita es echar raíces”. Precisamente, la conversación vuelve una y otra vez a ese punto: raíces. Las que forjan el liderazgo, el reconocimiento, el poder y el futuro como construcción.

Por ello, este artículo no pretende resumirla. Sería imposible. Apenas abre una puerta.

Lo que sigue, es únicamente el despliegue de una agenda, una mirada y una convicción clara, que busca transformar. Porque en Tijuana y San Diego, más que discursos, se necesitan a más mujeres como ella.

El nombramiento 

Su nombramiento no llegó como gesto ceremonial ni como fotografía para el archivo. Llegó como lo hacen las decisiones correctas: en el momento correcto.

El de presidenta de la Cámara Nacional de la Mujer en San Diego y Tijuana no es un título para enmarcar, sino un punto de inflexión que obliga a estar a la altura.

“Es el mejor regalo que me pudo dar el universo”, afirma. Hace una pausa breve, como midiendo el peso de la frase. 

Toda oportunidad real implica riesgo y, en una región donde el discurso suele adelantarse a la acción, Mayra entiende que la primera tarea no es hablar más fuerte, sino construir estructura, legitimidad y sentido.

“Si no hay base, todo se cae”, dice, sin dramatismo.

“La frontera no se presume, se trabaja”, apunta, casi como recordatorio.

Aquí, el liderazgo femenino enfrenta capas adicionales, desde las culturales, económicas y simbólicas. 

Por eso su apuesta inicial no es la estridencia, sino el posicionamiento serio de la Cámara, su visibilidad real y su capacidad de incidir con hechos. 

Reconocer es la palabra que atraviesa su agenda, para dar visibilidad a mujeres y hombres que han edificado comunidad desde lugares poco notorios.

“Cuando alguien te nombra, algo se acomoda”, dice.

De ahí las ideas del Salón de la Fama. De ahí la propuesta del Premio Binacional de la Mujer. 

Ella misma lo vivió. En 2021, recibir el Premio Nacional de la Mujer en la Ciudad de México detonó nuevos escenarios profesionales. “Porque cuando el trabajo se nombra, se vuelve visible. Y al volverse visible, se vuelve posible para otros”, resalta.

Esa conciencia no nació en abstracto. Mayra la aprendió también desde los márgenes del reflector. 

Rememora que durante su paso por la televisión —como conductora y productora en TV Azteca Baja California— entendió algo que no suele verse desde fuera: que los proyectos no los sostienen quienes aparecen en pantalla, sino quienes trabajan detrás, sin crédito, sin nombre, sin aplauso.

La transformación como método

Cuando se le pregunta quién es, Mayra no recurre a lo frío y básico de un currículum. 

Habla desde la vida: madre de tres hijos, deportista, apasionada de la música, amante del silencio. 

Ahí está la clave. Su trabajo no nace de la teoría, sino de la experiencia encarnada.

A su vez, la experiencia como health coach y gerontóloga le ha permitido identificar que la constante del desgaste emocional y social —especialmente en las mujeres— no proviene de la fragilidad, sino del desconocimiento.

Con años a cuestas, Mayra Cruz ha construido una plataforma integral de liderazgo, salud y conciencia. 

Su trabajo la ha llevado a ser fundadora y CEO de MOVE, creadora del Método MACVE y dirigir Mayra Fit Lifestyle, proyectos que responden a una misma lógica de brindar claridad, estructura y acción sostenida.

Su formación es internacional, con especialización en salud y equilibrio hormonal. Pero su verdadero campo de prueba ha sido la vida cotidiana de mujeres de entre 30 y 55 años que llegan con ideas o negocios estancados y una energía que nadie les enseñó a comprender.

“Si no sabes lo que te está pasando, no sabes cómo expresarlo”, enfatiza. Y cuando no se nombra, el conflicto se enquista.

Habla de menopausia sin eufemismos. De hormonas como motores reales de conducta. De relaciones que se rompen no por falta de amor, sino por falta de información. De procesos corporales y emocionales que se viven en silencio, cargados de culpa y tabú.

“El cuerpo avisa, aunque no siempre sepamos escucharlo”, apunta.

Bajo ese pensamiento, para ella, transformar no nada más es motivar, sino estructurar. 

“La información sólo tiene sentido cuando se ejecuta. No sirve de nada saber algo si no lo aplicas”.

El liderazgo, insiste, consiste en ayudar a otros a recuperar su brillo. No imponer luz, sino retirar capas de sombra. 

Porque todos —dice— tenemos algo apagado por las circunstancias. Y cuando alguien vuelve a encenderse, el impacto va más allá de sí mismo.

Las historias que más la marcan no son públicas. Son íntimas, y son las de mujeres que llegaron desorientadas y, con acompañamiento, recuperaron claridad. No lo dicen en escenarios ni en ceremonias, sino en voz baja, casi al final de una conversación: “gracias porque me salvaste la vida”, “gracias porque entendí lo que me pasaba”, “gracias por haberme visto”.

Mayra no lo cuenta como hazaña. Lo asume como responsabilidad. 

Porque el impacto verdadero, como bien se dice, ocurre lejos del aplauso.

Reconocer, educar, poner límites

En cuanto al futuro de Mayra Cruz, éste no se lo plantea como promesa abstracta. 

Tiene forma concreta, como una agenda binacional de reconocimiento y educación.

Entre sus prioridades, la Cumbre Binacional de Mujeres se perfila como uno de sus proyectos centrales.

Visualiza que sea un espacio para hablar de salud, nutrición, espiritualidad y finanzas, sin paternalismo ni simulación.

“La información es la base”. Y también la formación de los jóvenes.

“Falta estructura, falta paciencia, falta silencio. Vivimos en la inmediatez, y eso vacía el carácter. Todo empieza en casa. Con límites claros”.

Y no es que esté en contra de los lujos. Está en contra de la desconexión entre deseo y esfuerzo. 

La escasez —dice— enseña a valorar. Y formar hijos es formar futuro, aunque sea una de las labores más invisibles y menos reconocidas.

Permanecer

Es indudable que el tiempo y el espacio suelen conspirar para que las conversaciones verdaderamente enriquecedoras tengan que culminar. 

Las agendas y los relojes son arbitrarios, y la manecilla está a punto de ponerle fin a este encuentro.

Antes de que suene un pequeño minutero que dará fin a la plática, me decido a preguntarle sobre cómo le gustaría ser recordada. Ella no lo duda.

“Como la mujer de la transformación. La que sostuvo puertas abiertas para que otras entraran con más claridad”.

Hoy, Mayra Cruz no oculta la emoción. “Me siento agradecida con la vida”, confiesa. 

“2025 me ha dado regalos enormes, aunque no ha sido fácil. Ha habido días en los que he querido soltar, rendirme. Pero cuando miro mi historia y mi trayectoria, entiendo que estoy justo donde debo estar”.

Lo expresa sin grandilocuencia, como quien ya atravesó el cansancio.

“Agradezco a cada persona que se cruzó en mi camino y me recordó que puedo brillar sin pedir permiso. Que tengo todo para salir adelante. Que puedo ser la voz de muchas mujeres que quisieran ser escuchadas”.

Hoy, su nombramiento no lo vive como llegada, sino como inicio. 

“Éste será un espacio único”, afirma. “Apenas comienza esta aventura. Viene mucho trabajo, muchas sorpresas, y la certeza de que juntas podemos ser más fuertes”.

La música aparece entonces como síntesis con un suave tarareo. 

Presuntos Implicados, su grupo favorito, suena como declaración al momento de estar escribiendo esto.

Porque no todas las flores son las que adornan, sino las que crecen después de la caída. Las que obligan a continuar.

“Tantas veces me he perdido y tantas veces me he caído…”, se escucha en la voz de Sole Giménez, vocalista de la agrupación española.

No como derrota, sino como método. Perderse para entender y caerse para aprender a levantarse con otros. Porque, llevado al terreno del liderazgo, quien no conoce el suelo no sabe sostener a nadie.

Por lo pronto, Mayra Cruz extiende la mano y ofrece constancia. Puertas abiertas que no se cierran al primer tropiezo.

Sabe que en un territorio binacional, a veces áspero, pero también generoso, noble y profundamente rico en su gente y valores, eso pesa más que cualquier discurso.

Y cuando todo vuelve a empezar y toca levantarse una vez más, queda claro que el verdadero liderazgo no es el que encabeza.

Es el que se queda.

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