Más de 40 años en medios de comunicación, entrevistas memorables, y una conexión con la audiencia, respaldan su legado. Su trayectoria confirma que la credibilidad y la coherencia siguen siendo el mayor capital de un periodista.
“Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos (…) Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias”. —Ryszard Kapuściński.
Desde principios de los años noventa, la voz de Fernando Del Monte ha sido un latido constante en los hogares tijuanenses.
A través de la icónica escenografía de Notivisa en el Canal 12, con tono firme y contundente, ya relataba lo que ocurría en esta frontera.
Para miles, su imagen en pantalla se ha vuelto una compañía diaria desde entonces, por informar, pero también por ofrecer certeza en medio del caos de una ciudad vertiginosa.
Una certeza que, sin embargo, contrasta con la imagen que proyecta, seria, rígida, casi impenetrable, hasta que al conocerlo en persona se descubre otra dimensión: la del hombre elegante, sereno, dueño de un sentido del humor capaz de suavizar cualquier situación.
Y es que Fernando Del Monte no es únicamente un periodista, es un intérprete del sentir urbano, un cronista de los silencios que pesan más que los titulares, un hombre que lo mismo cuestiona al poder que disfruta de un concierto de rock, un juego de futbol, o simplemente toca un disco LP.
Pero lo más importante, un hombre que puede poner en práctica aquello que nos enseñaba el profesor Keating: “Carpe diem. Aprovechen el día…Hagan sus vidas extraordinarias”.

EL MEJOR OFICIO DEL MUNDO
Es indudable que no todos los días se tiene frente a sí a una figura que ha marcado a toda una generación de tijuanenses.
Entra a la sala de CAMPESTRE con paso sereno, sin aspavientos. Apenas un “buenos días”, un apretón fuerte de manos y la mirada franca bastan para imponer respeto y admiración. No necesita más. La sencillez es su armadura.
Porque estar cara a cara con Fernando Del Monte, es estar ante una memoria viva de la ciudad, alguien que ha narrado su historia reciente con la precisión y serenidad de un cronista.
Alguien que tiene un legado que no se limita a la televisión, que ha sabido moverse entre los distintos lenguajes del periodismo, entendiendo que -como advertía Marshall McLuhan- “el medio es el mensaje”, y que cada soporte, exige reinventarse para seguir llegando a la audiencia.
Podríamos decir que su biografía se asemeja a esas crónicas que, al estilo de García Márquez, enlazan territorios y destinos.
El mismo Gabo escribió que “el periodismo es el mejor oficio del mundo”. Y Fernando Del Monte lo asumió como mandato íntimo, al buscar convertir la noticia en espejo, y el espejo en conciencia.
Porque informar, al fin, es también enfrentarse al miedo, a la incertidumbre de los hechos, al riesgo de nombrarlos, al peso inevitable de la palabra.
UNA VOZ AUTORIZADA
Hoy, al abrir estas páginas, la entrevista no convoca sólo al periodista que nos confiesa su admiración por colegas contemporáneos como Jorge Ramos, Dan Rather o Anderson Cooper, sino al hombre que reconoce que, más allá de las noticias, lo que permanece es la condición humana.
Durante el inicio de la plática, se define con cinco palabras: sinceridad, perseverancia, resiliencia, amistad y simplicidad. Y sin embargo hay algo más… la elegancia, ésa que no necesita artificio para sostenerse.
Al paso de los minutos su espontaneidad refleja esa agudeza que dan los años, que dan los libros y que da la vida.
Como escribió Einstein, “una mente es como un paracaídas, no funciona si no está abierta”. Y él ha sabido mantener la suya abierta, enlazando la tradición con la inmediatez líquida del presente, entendiendo que el verdadero periodismo no es adornar, sino observar.
Habla sin prisas, con la cadencia de quien busca que cada palabra encuentre su sitio.
Recuerda que no llegó al periodismo como un iluminado, sino como un joven originario de Chihuahua, de 18 años, que entró a la redacción de Televisa en la Ciudad de México, fascinado por la televisión a color que un día irrumpió en su hogar.
“Mi primera función fue ser asistente, office boy de la jefatura de información”.
Ése fue su “bautismo”, el de repartir notas, observar, escuchar. Pero sobre todo, aprender que el periodismo era disciplina.
Durante esos años, platica, las conferencias de prensa reunían apenas tres o cuatro medios, no 30 micrófonos como ahora. Había tiempo para explicar a los novatos cómo destilar una noticia en un minuto de grabación.
“En esa época me tocó convivir con grandes figuras de la televisión, como Juan Ruiz-Healy, Ricardo Rocha, Jorge Ortega, Rita Gánem, Norma Meraz, Guillermo Pérez Verduzco. Una generación de periodistas brillantes”, menciona.
Creció en esa escuela donde se aprendía por ósmosis, entre reporteros que compartían secretos y guardias interminables los fines de semana.
“Cubrí parte de la campaña de Miguel de la Madrid en 1982, estuve en redacción, en coordinación, incluso hice pruebas frente a cámara. Fueron ocho años en Ciudad de México que me abrieron la puerta a Guadalajara”.
APRENDIZAJES DE GIGANTES
Entre todas esas experiencias, ¿qué compañeros lo marcaron más?, le pregunto.
“Ricardo Rocha era muy versátil, muy analítico. Jacobo Zabludovsky tenía una gran visión periodística. Le daba muchísima importancia a la información internacional. Ahora se le critica tanto, pero quienes trabajamos con él reconocemos que su aportación fue enorme.
Así, en 1984 le ofrecieron crear un noticiero local en Guadalajara, ciudad que aún no conocía. Era armar un equipo, contratar gente, darle rostro a un espacio inexistente.
“Fueron cinco años muy interesantes, muy buenos, en una gran ciudad”, dice.
Ese trayecto fue sólo el preludio de la etapa más definitiva: Tijuana.
A Baja California llegó en 1989 y desde entonces no la ha soltado.
Radio, prensa escrita, columnas, televisión, incluso una revista; y una efímera carrera política que llegó por invitación, por circunstancia, pero que reflejó el poder de convocatoria y la solidez que tenía con la ciudadanía.
Pero además de su papel como referente informativo, Fernando Del Monte ha sido también maestro de un largo listado de periodistas y conductores en la frontera, quienes han visto en su estilo una figura a replicar, aprendiendo que la profesión exige carácter, responsabilidad y, sobre todo, respeto por la audiencia.
Por eso, hablar de su legado es hablar también de esas voces que, bajo su sombra, hoy siguen marcando la conversación pública en la región.
ENTREVISTAS, MÚSICA Y ARTE
De manera paralela al periodismo, Fernando Del Monte ha cultivado un gusto particular por entrevistar a figuras del arte, escritores, pintores y directores de orquesta.
“Esas son las entrevistas que más disfruto, porque me retan”, nos confiesa.
Evoca con orgullo la charla con Jonathan Darlington, director musical emérito de la Ópera de Vancouver, el cual cataloga como un reto inesperado que se convirtió en uno de sus trabajos más celebrados.
“Fue reconocida incluso por mis superiores”.
Eso lo ha llevado a soñar con las entrevistas que no ha hecho, como a Donald Trump, a quien preguntaría sobre la coherencia de sus decisiones; Roger Waters o Peter Gabriel, artistas con algo profundo que decir sobre la humanidad y que serían un parteaguas para darle apertura a su lado melómano.
Porque hablar con él de música es descubrir la sensibilidad de alguien que entiende que cada acorde guarda un relato.
La música, cuenta, lo ha acompañado siempre.
Y esa pasión no es pasajera, ha sido el hilo invisible que lo ha flanqueado en cada etapa de su vida.
Arribó a Tijuana justo en los años del grunge, cuando la voz de Kurt Cobain en MTV marcaba el pulso de una juventud vestida de jeans, camisas de leñador y botas industriales.
Sin embargo, su corazón vuelve una y otra vez al rock progresivo de Pink Floyd, The Beatles y Alan Parsons.
Describe el concierto de Close to the Edge de Yes como la mejor experiencia musical de su vida que le ha tocado presenciar. “Ocho músicos, dos guitarristas, dos tecladistas… irrepetible”.
Esa misma sensibilidad que encuentra en la música, también la proyecta en el cine, otra de sus pasiones.
Kurosawa, Milos Forman, y sobre todo Stanley Kubrick. De 2001: Odisea del espacio a La naranja mecánica, Atrapado sin salida y El resplandor, son películas que diseccionan la condición humana con crudeza y belleza.
—Justo, la condición humana parece ser un eje en su pensamiento. ¿Hay alguna frase o libro que lo haya marcado en ese sentido?
“Son varios. Lovecraft, por ejemplo, me atraía por esa exploración oscura del ser humano. Ray Bradbury, con Crónicas Marcianas, que confronta directamente la condición humana. Y por supuesto, Cien años de soledad, que es una obra maestra donde cada personaje se revela tal cual es.
“Todo lo que nos pasa y hemos enfrentado a lo largo de los siglos nace de lo mismo, virtudes y defectos humanos. Esa es la parte más interesante, porque nos concierne a todos. Puedes hablar de política, deportes o economía, pero siempre habrá gente a la que no le interesa. Sin embargo, cuando hablas de la condición humana, todos nos reconocemos ahí.
“Por eso me gustan tanto las biografías. Lo más atractivo es cómo el ser humano enfrenta sus retos en condiciones extremas”, sentencia.
LA CIUDAD Y SU GENTE
En su reflexión sobre Tijuana aparece un diagnóstico claro, en el que la ciudad carece de campañas institucionales que fortalezcan identidad.
Al preguntarle sobre lo que considera lo mejor de Tijuana, rápidamente señala su resiliencia.
“Esta ciudad persiste a pesar de todo, de las deficiencias en infraestructura, del crecimiento desordenado, de la violencia, de la migración constante. Aquí mucha gente vive con las raíces en la mano, sin sentirse realmente de aquí aunque lleven veinte años.
“Eso debería combatirse con campañas institucionales, no necesariamente con spots de televisión, sino con acciones y eventos que generen identidad.
“Los equipos deportivos, por ejemplo, han aportado mucho en ese sentido. Más allá del entretenimiento, generan pertenencia. Los Xolos, los Toros, los Zonkeys… cuando llegué aquí no había nada de eso. Estaban los Potros, pero fue un proyecto fallido. Hoy, esos equipos ayudan a que la gente se identifique con la ciudad.
“Yo creo que cuando aquí se hace algo bueno, la gente se siente a gusto, se siente orgullosa. Y necesitamos más de eso, más noticias positivas, más acciones palpables”.
CÓMO LE GUSTARÍA SER RECORDADO
Alguna vez le preguntaron a Frank Zappa cómo quería ser recordado. Respondió que “no tenía importancia”.
Fernando Del Monte recupera esa frase cuando se le cuestiona cómo desearía que lo tuvieran presente las futuras generaciones.

“Soy un hombre común y corriente. Sólo quisiera no dejar problemas a mi descendencia y no haber faltado al respeto a nadie. Mientras no me recuerden con rencor, me quedo tranquilo”.
Tal vez en esa respuesta es donde habita su grandeza, la de un personaje que acompañó a toda una ciudad con su voz, pero que al final únicamente pide un recuerdo sano.
—En un sentido metafórico, si mañana pudiera dar la noticia que quisiera, ¿cuál sería?
“Lo más sencillo sería decir ‘el fin de las guerras’. Pero, siendo concreto, me gustaría dar la noticia de que termina la masacre en Gaza. Eso me parecería lo más urgente y humano”, confiesa.
—¿Qué mensaje deja hoy a nuestros lectores?
“Agradecimiento. Antes el público era cautivo. La familia se sentaba frente al televisor a ver noticias. Hoy, con el zapping y la competencia, que la gente siga escuchándome es algo que valoro mucho. A todos ellos, gracias. Mi reconocimiento eterno”.
Al final, hay personajes que definen épocas. Fernando del Monte es uno de ellos. No porque se haya colocado al frente del noticiero más importante de la región y siga vigente en su espacio de radio a través de 104.9 FM, sino porque supo habitar el lugar que pocos comprenden… el de quien traduce la confusión del mundo en palabras que acompañan.
La suya es la voz de un hombre que, tal vez sin proponérselo, ha terminado siendo eterno en la conciencia de una ciudad.
“El verdadero significado de la vida es plantar árboles bajo cuya sombra nunca esperarás sentarte”, señala un viejo proverbio.
Quizá esa sea la mejor definición de lo que Fernando del Monte ha hecho en Tijuana… sembrar memoria, voz y pertenencia en una ciudad que lo ha escuchado durante décadas, y que lo seguirá recordando con entera gratitud.

















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