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El Gran Envejecimiento en México

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Por: Roberto Quijano Luna

Hoy los impuestos que pagas ya no sostienen solamente carreteras ni escuelas. Sostienen crecientemente transferencias en efectivo. Una buena parte de tu esfuerzo fiscal se va directo a la informalidad, a millones de personas que no cotizan, no declaran, no contribuyen al sistema, pero que sí votan. Es el nuevo pacto, subsidios a cambio de estabilidad electoral. Se están agotando el tiempo y los recursos disponibles.

Tenemos suerte, por ahora, de no ser Japón ni Italia (tremenda ironía). Nuestra población todavía es relativamente joven. Según el Consejo Nacional de Población, la edad promedio en México es 29 años. Aún hay tiempo, pero no mucho. El Gran Envejecimiento viene como una ola lenta e imparable. Cuando llegue, el número de adultos mayores que no cotizaron, que no ahorraron, y que hoy reciben efectivo sin condiciones, se disparará. Y la pregunta será: ¿quién paga?

La respuesta lógica, aunque políticamente incorrecta, es esta: habrá que dejar que el Estado quiebre. Acelerar ese proceso, incluso. Porque si no revienta pronto, cuando lo haga será con una carga imposible: millones de dependientes, una clase media asfixiada y una élite sin escapatoria. Si el sistema se cae antes de que el peso sea insoportable, quizás haya una oportunidad de reconstruirlo sobre bases más realistas: un Estado mínimo que sólo garantice lo esencial, como seguridad, justicia, agua, defensa,  y nada más.

La vejez, en ese nuevo orden, volverá a ser asunto privado. Cada familia cuidará a los suyos, como se hacía antes. No habrá pensiones universales, ni transferencias clientelares. No porque no se quiera, sino porque no habrá con qué. Lo público se replegará. Y con suerte, eso forzará una nueva cultura de responsabilidad y previsión individual. Nadie vendrá a salvarte. Seremos adultos, finalmente.

Lo verdaderamente insostenible es que estados como Chiapas y Oaxaca, que aportan poco al fisco, concentren una parte desproporcionada del gasto público. El subsidio permanente a regiones improductivas es un lujo que un país joven quizás se puede permitir, pero uno viejo no. No se trata de discriminación, sino de números. Si el 90% de la población en esas zonas depende del gasto federal, ¿cuál es el límite? ¿Quién va a seguir pagando esa cuenta cuando seamos una nación de viejos, con menos trabajadores y más pensionados?

El Estado, tal como lo conocemos, no puede sobrevivir al envejecimiento sin una reconfiguración radical. No se trata de si ocurrirá, sino de cuándo y cómo. Tal vez sea mejor que la crisis llegue pronto, cuando aún tengamos algo de margen. Esperar a que el colapso sea inevitable es pedir que nos aplaste sin remedio. Así que sí, que truene antes. Que sólo quede el núcleo duro del Estado. Y que lo demás, el paternalismo, la simulación, los subsidios, se lo lleve el tiempo.

Rancho La Puerta 

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