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Casa Veramendi… un vino, una herencia, un lugar perfecto

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La historia de Casa Veramendi comenzó como un acto de amor: una madre plantando raíces literales y simbólicas, gesto que desembocó en una hija encontrando su lugar entre surcos, barricas y etiquetas diseñadas por mujeres que invitan a todos a beber la memoria de la tierra.

En las laderas sigilosas de Tecate, donde las vides crecen como versos generosos que aún no han sido leídos, nace Casa Veramendi, una vinícola que habita en la memoria de quienes saben que el vino también es una forma de contar historias sin palabras. 

Situado en La Ciénega, lugar donde sucede la magia, el viñedo descansa sobre el Valle de San Valentín, entre los 31 y 33 grados de latitud norte, dentro de la franja mediterránea del vino.

Su historia comenzó con la valentía de Lucy Veramendi, mujer que miró al horizonte y decidió sembrar tiempo. 

Desde entonces, Casa Veramendi se ha erigido como una obra íntima, compuesta con manos, agua y memoria, donde el paisaje no sólo se contempla, sino que se bebe.

Las etiquetas de sus vinos llevan rostros femeninos, no por estrategia de marketing, sino porque ésta es una vinícola conducida por mujeres que diseñan, cosechan, catan y crean. 

Por eso, visitar este viñedo no es llegar a una experiencia prediseñada, sino abrir un diálogo con la tierra, el arte y los sentidos femeninos, a través de ese susurro profundo que tiñe de taninos granates el fondo del paladar.

Lo escribió Borges con precisión en su Soneto del vino…“El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones y en el arduo camino nos prodiga su música, su fuego y sus leones”.  

Y con esa imagen, abramos entonces la puerta a Casa Veramendi

Enamorarse del terroir

En este encuentro entre CAMPESTRE e Isabel Ibáñez, hija de la fundadora Lucy Veramendi y actual directora operativa de la vinícola, constatamos que el alma de Casa Veramendi reposa en la pasión y experiencia por elaborar vinos singulares y de alta calidad.

Isabel recuerda que estudió Diseño Gráfico, pero tras regresar de Monterrey y descubrir a su madre sembrando vides a los 77 años, todo cambió. “La vi sembrar futuro”, confiesa. 

Decidió quedarse, ingresar a la Universidad Autónoma de Baja California para estudiar Vitivinicultura y convertirse en sommelier, experiencia que relata con humor: “Ir y venir a Ensenada, trabajar con las manos, con la tierra… fue divertidísimo. Me enamoré”.

¿Cómo fueron los primeros vinos de Casa Veramendi?

“Todo empezó en 1985 con uvas de mesa, pero fue hasta 2010 que dimos el paso a un viñedo moderno. En 2013 logramos nuestra primera añada, apenas 1,800 botellas. Hoy contamos con planta propia, barricas de roble francés y americano, y una clara vocación por vinos con identidad.”

Actualmente producen dos líneas, una joven con Torrontés, Chardonnay, Rosé y Tempranillo-Malbec; y una de reserva privada con Cabernet, Merlot, Syrah y un elegante ensamble. 

Todas las uvas provienen de su viñedo en La Ciénega, a 770 metros de altitud, con agua propia y un clima que favorece la excelencia. Varias etiquetas han sido premiadas en concursos internacionales, pero su mayor orgullo es el origen.

Más que vino

Casa Veramendi abre sus puertas a quienes desean comprender, no sólo degustar. Ofrecen catas privadas para grupos a partir de siete personas, siempre con el propósito de enseñar. 

“Me encanta cuando alguien me dice: ‘Es la primera vez que entiendo lo que estoy tomando’”, detalla Isabel, a través de una conversación donde se prueba, se pregunta y se aprende.

¿Qué puede esperar un visitante en Casa Veramendi?
“La mejor vista. El viñedo baja hasta un río y vuelve a subir. Y lo más importante, no solo se trata de probar vino, sino de vivirlo y entenderlo. Todos los valles de Baja California tienen sus características y en Casa Veramendi cada botella es un sueño… y los tienen que probar”.

Lo que viene

Casa Veramendi no busca ser tendencia, cultiva otra lógica, la del tiempo y la tierra. 

“El próximo paso será un Pet Nat”, adelanta Isabel con una sonrisa que contagia.

Hoy, el presente de Casa Veramendi es trabajo; el futuro, paciencia. Y cuando se le pregunta por el futuro, Isabel mira el viñedo como si mirara a una persona amada. 

“Yo algún día me voy a ir, pero las vides seguirán. Las raíces ya están puestas y, con ellas, los sueños que mi madre sembró”.

Ése es el verdadero legado de Casa Veramendi, un lugar donde el vino no es un accesorio de la mesa, sino un relato líquido que trasciende generaciones, un puente entre la memoria y el porvenir… un recuerdo que, incluso cuando la copa esté vacía, seguirá latiendo en la tierra, mientras un preludio de Debussy o una pieza de Satie, con silencios bien colocados, acompañará el aroma de uva al atardecer.

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