Por: Wendy Plascencia, politóloga experta en sociedad y cultura
Más que una identidad, ser mexicano es una forma de sentir, de llevar el país en la memoria y en la maleta, aunque la vida nos lleve lejos.
Caminar México es caminar por su complejidad. No hay una sola manera de ser mexicano; hay tantas como regiones, acentos y recuerdos. Cada quien lo vive distinto: desde el centro del país hasta la frontera, desde una sierra en Oaxaca hasta una playa en Baja California. Y, sin embargo, algo nos une: los colores de la bandera, el orgullo al escuchar el Himno Nacional, la música, los sabores y los gestos cotidianos que nos recuerdan que ser mexicano es, sobre todo, una experiencia compartida.
Viví algunos años en la Ciudad de México y, desde allá, escuché más de una vez que Tijuana carecía de identidad. “¿Y allá qué hay?”, preguntaban, con un dejo de desdén. Yo respondía: más bien, ¿qué no hay? Porque lo que nos falta lo convertimos en posibilidad. En Tijuana, la historia no está escrita en monumentos ni en grandes museos: está en la frontera, en el tránsito constante, en la mezcla que no termina nunca. Nuestra identidad no se mide por “quién es más mexicano”, sino por cómo cada región transforma la mexicanidad y la hace suya.
También he vivido fuera de México. Allá, el acento se vuelve distintivo, la música emociona de otra manera y la gastronomía despierta curiosidad inmediata. Cada vez que alguien pregunta por mi país, la respuesta viene acompañada de una sonrisa inevitable. Desde lejos, uno entiende cuánto significa pertenecer a un lugar que, con todas sus contradicciones, siempre deja huella.
La mexicanidad está también en lo cotidiano: en un mercado repleto de colores, en los tacos compartidos con desconocidos, en el aroma del café de olla y las tortillas recién hechas. Está en la forma de decir “pásele” aunque no haya espacio, o en el clásico “pruébalo, no pica” que nunca garantiza nada. Incluso en ese pregón que recorre las calles anunciando: “se compran colchones, lavadoras, fierro viejo…”. Comer en México no es sólo alimentarse: es habitar un espacio, convivir con la vida que pasa alrededor, sentirse parte de una comunidad.
Aunque nuestra gastronomía sea Patrimonio de la Humanidad, probarla en el extranjero nunca es lo mismo. No se trata únicamente del sazón, sino de la atmósfera que acompaña cada platillo: los sonidos, los colores, las voces alrededor. Un taco sabe distinto cuando se come de pie en la calle, entre ruido, tráfico y risas. Esa experiencia no se exporta: sólo se vive aquí.
Hay algo único en nuestra manera de querer y expresarnos: lo hacemos a través de la música, de nuestros colores y las fiestas que no necesitan pretexto. Nuestra comida es un lenguaje compartido: desde un mole que tarda horas en prepararse hasta un taco improvisado a la salida del trabajo. En México, el maíz, el chile y el frijol son más que alimentos: son memoria, resistencia e identidad.
La mexicanidad no es uniforme; es múltiple, contradictoria, viva. Pero hay algo que nos une: el himno que todavía eriza la piel, la bandera que ondea con orgullo, la capacidad de reírnos incluso en medio de la infortunio. Ser mexicano es, en ese sentido, la única certeza consciente que guardo conmigo, la que me sostiene y me devuelve siempre a la alegría de pertenecer.
México también se expresa en el mundo a través de sus hijos e hijas: artistas, científicos, diplomáticos, deportistas, escritores. Todos llevan consigo un pedazo de esta tierra que se reconoce dondequiera que se muestre. Y aunque cada nación tenga lo suyo, la nuestra se distingue por esa mezcla particular de ternura y picardía, de solemnidad y fiesta, de tradición e innovación.
Caminar la mexicanidad es recorrer la memoria y el presente, la nostalgia y la esperanza. Es reconocer que no siempre cabe en definiciones ni estadísticas, pero sí en las emociones más sencillas: el reencuentro en un aeropuerto, una canción que aparece en otra parte del mundo, un sabor que transporta a los recuerdos.
Y aunque explicar México nunca es fácil, llevarlo conmigo siempre lo ha sido. Porque ser mexicano no se explica: se siente. Ese orgullo y esa nostalgia al gritar “¡Viva México!” son lo más propio que tengo, lo que me define y lo que nunca falta en mi equipaje. Cada mudanza me lo recuerda: puedo cambiar de ciudad, de país o de vida, pero México siempre viaja conmigo.
















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