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El último saludo a Harald V: Noruega abre una nueva página de su historia

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Noruega despide este viernes a una de las figuras más importantes de su historia contemporánea. El rey Harald V falleció a los 89 años en el Hospital Nacional de Oslo, Rikshospitalet, poniendo fin a un reinado de más de tres décadas y al capítulo de uno de los monarcas más longevos de Europa.

Harald llegó al trono en enero de 1991, tras la muerte de su padre, el rey Olav V. Durante 35 años representó una monarquía que supo equilibrar tradición y modernidad, con una imagen particularmente cercana a la sociedad noruega.

Su estilo personal contribuyó a esa transformación. Harald no fue un monarca distante: fue un apasionado deportista, un navegante experimentado y una figura que encontró en el deporte una de sus grandes formas de representar a Noruega. Compitió en tres ediciones de los Juegos Olímpicos —Tokio 1964, México 1968 y Múnich 1972— en la disciplina de vela.

Un recuerdo que permanece en México

Entre esos capítulos deportivos existe uno particularmente especial para México.

En 1968, cuando todavía era príncipe heredero, Harald viajó a nuestro país para participar en los Juegos Olímpicos de México. Su disciplina, la vela, tuvo como escenario la bahía de Acapulco, donde se desarrollaron las competencias olímpicas de aquel año.

Aquel viaje convirtió a Harald en uno de los miembros de la realeza europea que vivieron de primera mano la histórica edición de los Juegos Olímpicos celebrada en territorio mexicano. Décadas después, esa participación permanece como un pequeño pero significativo vínculo entre la historia del monarca noruego y México.

La relación de Harald con el deporte no fue circunstancial. La vela formó parte de su vida durante décadas y llegó a representar a Noruega en tres Juegos Olímpicos. Incluso después de convertirse en rey, mantuvo su pasión por la navegación y continuó participando en competencias durante buena parte de su vida.

Una Corona más humana

Su legado, sin embargo, trasciende las pistas y las aguas. Harald V ayudó a consolidar una imagen más humana de la monarquía noruega.

Uno de los episodios que mejor resume esa transformación fue su historia de amor con Sonja Haraldsen. Su relación comenzó cuando ella era una ciudadana sin ascendencia real y, después de años de espera y de obtener finalmente la autorización de su padre, ambos contrajeron matrimonio en 1968. Sonja se convertiría en reina y en una de sus compañeras más cercanas durante el reinado.

Harald también se distinguió por sus mensajes públicos en momentos de profunda dificultad para Noruega. Tras los atentados de 2011, sus palabras de unidad, tolerancia y empatía reforzaron su imagen como una figura capaz de representar al conjunto de la sociedad.

La Corona continúa

La muerte del monarca no abre un periodo de incertidumbre institucional. En Noruega, la sucesión se produce de manera inmediata: con el fallecimiento de Harald, su hijo Haakon asumió la jefatura del Estado, convirtiéndose en el nuevo rey de Noruega como Haakon VIII.

La transición seguirá el carácter sobrio que distingue a la monarquía noruega. No habrá una coronación, ya que esta ceremonia fue eliminada del orden constitucional noruego en 1908. En su lugar, el nuevo monarca formalizará su compromiso constitucional ante el Gobierno y el Parlamento, en una sucesión marcada más por la continuidad institucional que por la pompa.

Noruega, entretanto, ha declarado un periodo de luto nacional que acompañará al país hasta el funeral del monarca. Harald será despedido en la Catedral de Oslo y posteriormente sepultado en el Mausoleo Real de la fortaleza de Akershus, donde descansan otros miembros de la familia real.

La noticia ha provocado muestras de pesar entre las casas reales y líderes internacionales, quienes han destacado especialmente su sentido del deber, humanidad y cercanía.

Desde México también se expresó solidaridad con la Familia Real y el pueblo noruego a través de los canales diplomáticos correspondientes.

Con Harald V desaparece una figura que, durante 35 años, representó una manera particular de entender la realeza: menos distante, más humana y profundamente vinculada con la identidad de su país.

Noruega despide así a un rey, pero también a uno de los últimos grandes protagonistas de una generación europea que entendió que la permanencia de una Corona dependía, cada vez más, de su capacidad para estar cerca de la gente.

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