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Viajar es huir, decía Miguel de Unamuno. Puede ser. Tal vez por eso los viajes en pareja, esos que son «para amarnos más», como diría Mijares, están muriendo. Sí, porque solemos huir de ellas para refugiarnos en viajes de locura con los cuates. No creo que las experiencias de viaje entre parejas vayan al alza. No tengo la investigación o el estudio de alguna universidad renombrada que sustente mi afirmación, pero basta con que hagamos una encuesta entre amigos y compañeros de trabajo: «¿Qué viajes disfrutas más: los que son con pareja o los que son sólo con amigos?» ¡Pum! Ganan los amigos. El que diga que «en pareja» está mintiendo o eligió esa respuesta porque se lo preguntamos delante su ligue.

Basta de engaños. Recuerda los mejores viajes en tu vida, los más divertidos, intensos, alcohólicos y llenos de risa, sexo, música y fiesta… Pasan con los cuates. No dudo que los viajes en pareja sean los más divertidos, ¡bien por ustedes! Hay destinos que se vuelven inolvidables porque ahí encontraste al amor de tu vida o los compartiste con tu media naranja. Tal vez esas experiencias se repitan y el amor sea motivo suficiente para seguir viajando. Pero, si viajar es huir, ¿de quién o quiénes estamos huyendo? Tal vez del trabajo, de la rutina o de las complicaciones cotidianas. Pero ¿qué no dicen que lo mejor de un viaje son sus estalas previas y posteriores?

Total que, si uno decide viajar con alquilen, o con algunos, automáticamente viene a nuestra mente (tal vez de manera inconsciente o traicionera) esa evaluación que dicta que uno no ama u odia verdaderamente a alguien hasta que viajamos con esta persona. Tal vez uno se termina odiando a sí mismo. Quién sabe. Vale la pena descubrirlo, para eso son los viajes.

En cualquier caso, con los cuates, en pareja, solo o acompañado, las escapadas viajeras hacen movernos, pensar distinto, mudar prejuicios, intercambiar ideas… y claro: tener diarrea de redes sociales.

Fotos, fotos y más fotos. La tecnología cubre nuestro vacío en la memoria. Tenemos tanto miedo de no recordar que estuvimos en Estambul, que ahí vamos a tomarnos millones de fotos para subirlas al Facebook. Tememos que la gente no nos crea que estuvimos en Dubai, Marruecos, Pattaya, Mauricio o Myanmar, que nos tomamos selfies ahí. La tecnología es la evolución de nuestra memoria, de nuestros recuerdos, la inspiración para nuestra capacidad de amar y recordar… y volver a amar y recordar.

La tecnología nos da alas, nos guía, nos hace palpitar… claro, siempre y cuando no haya Wi-Fi. Sin señal, todo vale nada. El viaje se va al carajo y nos ponemos de malas. La vida pierde sentido y con ella, este maldito viaje sin internet. ¿Viajar sin WhatsApp? El acabose. ¿Sin poder checar el Tinder? Suicidio, ¿Sin poder hacer «check-in»?Una estupidez. Sí, sí, ya sé que los viajes educan, hablan mucho de la inteligencia de alguien y de su entrenamiento, que viajar puede llegar a ser la escuela de la vida, y un largo etcétera, pero las tragedias nacidas de la falta de internet se multiplican. ¿o no? Hay quienes no pueden con eso. ¿Sin internet y sin un smartphone? Olvídenlo. El que esté libre de ese miedo, que tire el primer tuitazo. 

El caso es que soy de la idea de que sí se puede superar un viaje sin dispositivos que usen baterías, internet y apps. Esas dolencias, ausencias y vacíos tecnológicos durante el viaje se curan con experiencias. Sí, concentrados en lo que tienen enfrente sin tener en la mano un devine de moda. Si la tecnología durante un paseo se vuelve una droga, los viajes son los reyes de las drogas porque constantemente requieren un aumento de dosis. Y hay que dárnoslas

Rafael Marquez dejo al Leon y ficha para el Hellas Verona de la serie A de Italia.

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