Por: Wendy Plascencia Robledo
En casi cualquier capital del mundo desarrollado, la escena es predecible: un cambio regulatorio se discute en un ministerio, en Bruselas o en Washington, y quienes primero entienden sus implicaciones no son los gobiernos, sino las corporaciones. No es casualidad. Desde hace décadas, las grandes empresas entendieron algo que en México todavía se subestima: el mercado no se compite únicamente en precios o eficiencia, se compite en reglas.
En la frontera norte de México, de Baja California a Chihuahua, esa realidad es estructural. México se convirtió en 2023 en el principal exportador hacia Estados Unidos, con más de 475 mil millones de dólares, y esa posición descansa, en buena medida, en el músculo industrial fronterizo. El corredor Tijuana–Tecate–Rosarito–Ensenada ya no es una promesa: es una plataforma consolidada de manufactura avanzada, logística y comercio internacional.
Pero hay una lectura que suele omitirse: ese nivel de integración no sólo genera crecimiento, genera dependencia. Y la dependencia, en un entorno regulatorio volátil, es vulnerabilidad.
El sector aeroespacial en Baja California, con más de 90 empresas, 40 mil empleos especializados y exportaciones que superan los 3 mil millones de dólares, ilustra bien esta paradoja. A mayor sofisticación productiva, mayor exposición política. Cada cambio en regulación ambiental, laboral, aduanera o de seguridad no es un ajuste técnico: es una variable que puede redefinir costos, inversiones y decisiones estratégicas.
Y esas decisiones no se toman en una sola mesa.
La escalada reciente en Medio Oriente, que elevó los precios del petróleo en más de 40%, es un recordatorio de que la frontera norte opera en un sistema profundamente interdependiente.
En un corredor donde el transporte de carga hacia Estados Unidos mueve decenas de millones de toneladas al año, cada variación en energía, cada nueva exigencia regulatoria, cada ajuste en seguridad se traduce en presión directa sobre la competitividad.
Lo mismo ocurre con la revisión del T-MEC. La incertidumbre no es retórica. La industria exportadora ya mostró señales de estancamiento en 2025, y cualquier modificación al tratado puede alterar desde costos logísticos hasta la arquitectura misma de las cadenas de valor. Pensar que estos procesos son “externos” es, en el mejor de los casos, ingenuo.
Éste es exactamente el tipo de entorno para el que las empresas globales llevan décadas preparándose.
Lo que comenzó como issue management hoy es una función estratégica instalada en los niveles más altos de decisión. En Europa y otros centros de poder, los Asuntos Públicos operan como sistemas de inteligencia política: anticipan riesgos, leen el entorno regulatorio en tiempo real y, sobre todo, influyen en él. No reaccionan. Intervienen.
Ése es el punto que en México sigue sin asumirse del todo. Los Asuntos Públicos no son “lobby” en el sentido superficial del término. Son infraestructura estratégica. Son la diferencia entre adaptarse tarde o incidir a tiempo. Entre absorber costos o moldear condiciones.
La evidencia internacional es consistente: las empresas que profesionalizan esta función reducen sanciones, aceleran procesos, acceden a incentivos y, sobre todo, ganan algo más valioso que cualquier margen operativo: previsibilidad.
En la frontera norte, donde convergen nearshoring, industria maquiladora, logística y comercio internacional, esa previsibilidad no es un lujo. Es una condición de supervivencia.
Y sin embargo, sigue tratándose como accesorio, ahí está el verdadero rezago.
No se trata de replicar el modelo de una multinacional europea, sino de entender que operar en un entorno como el actual sin inteligencia política no es eficiencia: es exposición. Algunas empresas construirán capacidades internas; otras recurrirán a servicios especializados. Eso es secundario.
Lo central es el cambio de lógica, porque en un entorno donde las reglas se reescriben constantemente, la ventaja competitiva ya no está exclusivamente en producir mejor, sino en entender antes hacia dónde se mueve el tablero.
Las empresas que dominan ese juego no son necesariamente las más grandes, son las que dejaron de ver lo público como un riesgo externo y empezaron a tratarlo como un espacio de decisión.
La frontera norte no está fuera de esa dinámica. A estas alturas, la diferencia ya no es técnica, es estratégica: seguir reaccionando o empezar a jugar el mismo juego que otros ya dominan.
















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