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Mama Rosa me desgreñaba y yo le solté una patada a la pinche vieja: Bertha

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A Bertha Soto se le mezclan las emociones y recuerdos. Habla en presente y en pasado. Recuerda con claridad -como si la estuviera viendo- a su madrastra, que lleva su mismo nombre, y a su padre -que cuando era una niña la llevó al albergue de La Gran Familia-, igual que a cuatro de sus hermanos.

Bertha narra que era la mujer encargada de servir y recoger en el comedor de la casa de Mamá Rosa, y es la habitante más antigua de este lugar.

Hoy tiene 53 años y por su mente pasan los recuerdos infantiles; en su semblante, de tez radiante, no se refleja sufrimiento.

Ayer, martes, salió por primera vez a la calle después de 40 años, portando su pulsera amarilla que la identificaba con el número 244-G.

Yolanda, su hermana, envejecida como ella, la abraza efusiva al verla salir por propio pie de este lugar rodeado aún de decenas de policías y militares, que al igual que muchos familiares llevan, entrando y saliendo, más de ocho días.

Las dos maduras mujeres se abrazan, se acarician las arrugas de la cara y de los brazos, se reconocen, se miran y se vuelven a abrazar repetidas ocasiones.

La vida ha cambiado para todos en 40 años.

Mientras Yola se casó hace 20 años, en segundas nupcias, Bertha envejeció. Mientras Yola tenía a sus siete hijos, hace más de 30 años, Bertha volvió a marchitarse. Mientras Yola enterró a la mayor parte de sus hermanos y a su padre -un mecánico llamado Prodigios Soto que murió de viejo hace menos de tres años- Bertha vivió lejos de esa realidad, en un mundo donde los días se iban en servir.

Bertha pregunta en tono quedito por personas que ya murieron, como su padre, a quien no le guarda resentimiento por haberlos enterrado vivos -dice- en el albergue de Mamá Rosa, a los hijos que iba regando por todos lados, con diferentes mujeres.

Bertha no se marcha sola de este lugar que fue su casa durante los últimos 40 años, se lleva con ella a una de sus mejores amigas, frágil y rota como ella, aunque mucho más joven.

Le suplica a su hermana mayor llevarse con ellos a Toñita, «aunque sea unos días», que también llegó a este albergue cuando era niña y hoy, de 38 años de edad, no puede secar sus raros ojos jaspeados en el camino a la casa de Berthita, en Uruapan, atormentada por la amargura, los recuerdos y el vacío de lo incierto.

Toñita es de Cotija y cuenta su historia: la trajo al albergue alguien del DIF. Sabe que tiene familia pero no recuerda donde exactamente y los recuerdos se le agolpan en la mente.

Bertha y Toña no se sueltan de la mano, y Yola junto a su marido, accede de buena gana a dar cobijo a la amiga de su hermana, con la que se protegió, se acurrucó y dio ánimos todos estos años.

Mamá Bertha, como la conocían en La Gran Familia, recuerda sin lágrimas y parece que sin dolor, como Mamá Rosa la desgreñaba cuando no hacía las tareas del comedor debidamente.
«Pero yo también le daba. Una vez si le solté una patada a la pinche vieja», comenta esta vez con un dejo de rencor.

Y recuerda a ‘Mamá Rosa’ joven, como ella, cuando llegó al lugar, de pelo largo y paso firme, pero igualmente ruda y mal hablada como hasta la fecha.

albuergue«Tenemos que buscar a Reyna»

Bertha fue llevada a este lugar a los 10 años, junto con sus cuatro hermanos. Los tres varones se escaparon y su hermana menor, Reynalda, a quien le daban ataques epilépticos y que un día simplemente desapareció cuando era una chiquita de tres años, lo mismo que Gonzalito, Rosaura, El Manitas, niños de los que no se supo nada nunca más.

Bertha no para de recordar a Reynalda, su hermana más chiquita. «La busqué por todo el patio y ya nunca la encontré. Pregunté a Mamá Rosa y nunca me respondía. A mi hermanita le daban ataques. Tenemos que buscar a Reyna, Yola».

Camino a Uruapan, Bertha se marea. Tiene hambre y le ha bajado el azúcar. Es necesario parar en el trayecto y en el restaurante devora seis tacos de bistek, acompañados con un refresco de naranja. En cambio, Toña apenas prueba bocado.

Bertha se ve segura, se siente querida y Yola, su hermana, le pregunta con insistencia si se parecen. Al observarla, dice que se parece mucho a uno de sus hermanos muerto.

Bertha llega a lo que será su cuarto. Una pieza grande con olor a humedad, donde saca inmediatamente sus pertenencias: una ropa sucia, unos zapatos color rosa, que son un regalo especial, y enseres de limpieza personal. Nada más.

En la sala donde la coloca su hermana a ver la vieja tele mientras prepara la cama de Toña, Bertha abraza un oso y le da otro a su amiga que, ausente, sólo piensa en ir a Cotija lo más pronto posible para buscar a sus «hermanos».

Toña conserva una foto infantil de cuando llegó al albergue. Es su bien más preciado en la vida. Piensa ir a Cotija y tocar todas las puertas posibles hasta que alguien se acuerde de ella, de cuando era una niña y fue arrancada de su familia.

Berthita, por su parte, sigue contenta, sacando sus cosas, instalándose en su nueva vida, junto a su hermana y su cuñado, dos personas maduras como ella que aprenderán a conocerse, justo ahora, cuando la vida parecía que ya iba a terminar.

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