Su historia con Tijuana comenzó en 1958, cuando la ciudad rondaba los 80 mil habitantes y prácticamente terminaba en los alrededores de lo que hoy es el Hipódromo. Desde entonces, Octavio Corona Flores ha visto surgir parques industriales, nuevas vialidades, tratados comerciales y una ciudad que hoy crece verticalmente; una transformación que también acompañó desde el sector empresarial y organismos como CANACO y CONCANACO.
“Los líderes empresariales no nacen, se hacen”, resume.

UNA VIDA AL RITMO DE TIJUANA
Octavio Corona conserva una imagen que ayuda a dimensionar cuánto ha cambiado la ciudad. Cuando llegó siendo niño recuerda un letrero que anunciaba “Tijuana, 80 mil habitantes”. Muy cerca comenzaba la carretera libre hacia Mexicali. Era, como él mismo la describe, “la Tijuana chica”, aquella en la que muchas familias todavía se conocían y donde el crecimiento urbano apenas comenzaba a extenderse.
Desde entonces ha observado distintas versiones de una misma ciudad. Primero estuvo aquella Tijuana cuya economía se desarrolló alrededor del turismo y de su cercanía con Estados Unidos. Después vino el régimen de zona libre, la llegada de nuevas importaciones y, posteriormente, el impulso de la industria maquiladora que comenzó a modificar la estructura económica de Baja California.
Para Corona, cada uno de esos momentos obligó a empresarios y comerciantes a aprender nuevas reglas. Durante los años ochenta observó otra transformación: las crisis económicas, la reconversión industrial y la apertura de México hacia los mercados internacionales modificaron nuevamente la manera de hacer negocios en la frontera.
Dentro de la ciudad identifica también un momento decisivo: la urbanización del Río Tijuana durante los años setenta, que abrió camino a lo que hoy conocemos como Zona Río. Décadas después reconoce otro cambio igual de visible: la construcción vertical comenzó a modificar nuevamente el paisaje.
Una Tijuana que alguna vez prácticamente terminaba en el Hipódromo hoy suma torres residenciales, desarrollos e inversiones inmobiliarias que continúan cambiando su horizonte. Corona ha presenciado esas etapas con una conclusión clara: Tijuana nunca ha crecido permaneciendo igual.
UNA FRONTERA QUE ENSEÑÓ A MIRAR HACIA AFUERA
Para Corona, estar junto a California nunca ha significado únicamente compartir una línea fronteriza. También ha significado aprender.
Durante su trayectoria tuvo oportunidad de conocer Europa y recorrer países de Asia como Japón, Corea, Singapur y Taiwán. Viajar le permitió descubrir modelos económicos y maneras distintas de entender los negocios.
“Cuando conocí Europa y conocí el Oriente me di cuenta que existía otro mundo y que existía otra forma de hacer negocios”, recuerda.
Esa experiencia fortaleció una idea que continúa defendiendo: observar lo que funciona en otras partes del mundo permite imaginar qué podría hacerse mejor en México. Y pocas regiones tienen esa oportunidad tan cerca como Baja California.
Corona considera que los empresarios fronterizos han aprendido históricamente a convivir con una de las economías más importantes del mundo y que esa cercanía ha generado una mentalidad distinta. Sin embargo, también cree que todavía existe espacio para aprovechar mucho más esa condición.
A su juicio, Baja California necesita una relación más profunda con California, pero también mayor comprensión desde el Gobierno Federal sobre la manera en que opera una región donde buena parte del comercio, la inversión y las relaciones empresariales están directamente vinculadas con Estados Unidos.
“Tijuana tiene un gran futuro”, asegura. Pero ese futuro, advierte, necesitará algo más que inversión privada: infraestructura, planeación y políticas públicas capaces de acompañar la velocidad con la que continúa creciendo la región.
LOS LÍDERES NO NACEN, SE HACEN

Después de ocupar posiciones dentro de distintos organismos empresariales, Octavio Corona aprendió a distinguir entre tener un cargo y ejercer liderazgo. Un nombramiento puede surgir de una elección o de la confianza de un consejo. El liderazgo, sostiene, se construye.
“Los líderes empresariales no nacen, se hacen y deben de tener un buen consejo y una visión de lo que es la responsabilidad de ser presidente de una institución”, explica.
Su paso por la Cámara Nacional de Comercio, la Federación de Cámaras y responsabilidades dentro de CONCANACO relacionadas con la región y franja fronteriza amplió su visión sobre la relación entre empresarios y autoridades.
Para Corona, los organismos empresariales no deberían limitarse a representar intereses particulares. También tienen la responsabilidad de identificar necesidades, formular proyectos y convertirse en interlocutores ante el gobierno.
Desde esa experiencia sostiene que iniciativa privada y sector público deberían encontrar puntos de coincidencia en temas relacionados con inversión, infraestructura y desarrollo económico. Precisamente por eso observa con preocupación la distancia que, desde su perspectiva, existe actualmente entre determinados organismos empresariales y distintos niveles de gobierno.
Para Corona, liderar significa algo más que ocupar una silla: significa comprender la responsabilidad que viene con ella.
PREPARAR A QUIENES VIENEN DETRÁS
Después de décadas construyendo experiencia, el liderazgo comienza a tener otro propósito. Ya no se trata únicamente de avanzar uno mismo, sino de preparar a los siguientes.
“Es importantísimo hacer cuadros, darles la capacitación, orientarlos de lo que representa el futuro”, señala.

Corona reconoce que las nuevas generaciones están entrando a un escenario completamente diferente al que él conoció al comenzar su carrera. La ciencia, la tecnología y las nuevas formas de hacer negocios avanzan con una velocidad que obliga incluso a quienes acumulan décadas de experiencia a continuar aprendiendo.
Esa convivencia ocurre también dentro de su propia familia. Actualmente coinciden tres generaciones: la suya, la de sus hijos y la de sus nietos. Sus hijos participan al frente de los negocios familiares, mientras los más jóvenes continúan su preparación universitaria.
Por eso las reuniones familiares también se han convertido en espacios de intercambio. Corona comparte experiencia y consejo, pero también escucha. Uno de sus nietos terminó por resumir esa relación con una frase que todavía recuerda entre risas:
“O cambias, abuelo, o te cambiamos”.
Detrás del humor está una de las ideas centrales de su manera de pensar: la experiencia tiene valor mientras permita seguir evolucionando.
HAY QUE ENAMORARSE DE LA EMPRESA
Si un joven llegara hoy con Octavio Corona dispuesto a comenzar un negocio desde cero, sus primeras preguntas serían elementales: ¿qué quiere hacer? ¿Para qué es bueno?
Después vendrían el plan de negocios, el financiamiento y la estructura necesaria para llevar la idea a la realidad. Pero Corona agrega un elemento que difícilmente aparece en una hoja de cálculo.
“Las empresas son como cuando uno se casa, hay que estar enamorado de la empresa”.

Para él, un negocio necesita compromiso. Las empresas creadas únicamente alrededor de una oportunidad momentánea pueden desaparecer cuando cambian las condiciones; las que buscan trascender requieren paciencia, visión y capacidad para mantenerse durante los periodos complicados.
Por eso observa con admiración a familias empresariales de Baja California que han logrado llevar sus compañías hacia una segunda y tercera generación. Durante la entrevista menciona ejemplos como las familias Fimbres, Limón y Bustamante.
Más allá del tamaño de sus negocios, Corona valora algo específico: lograron construir continuidad. Prepararon a quienes venían detrás. Y para él, esa puede ser una de las diferencias entre crear un negocio y construir patrimonio.
EL LUJO DE TENER SALUD, FAMILIA Y TIEMPO
Con el paso de los años también cambia la manera de medir lo que realmente tiene valor. Cuando se le pregunta qué considera hoy un privilegio, Octavio Corona no comienza hablando de empresas, propiedades o inversiones.
“El primer privilegio que considero es tener la edad que tengo y la salud que tengo”, responde.

Después aparece la familia. Habla con agradecimiento de sus padres y de una educación construida alrededor del respeto, la formación y la convivencia familiar.
También reconoce que pertenece a una generación con una relación distinta con el tiempo. Recuerda una etapa en la que había espacio para atender a la familia, la vida espiritual, el trabajo y la planeación de los negocios. Hoy observa jóvenes que desean viajar, estudiar maestrías o doctorados y construir sus carreras en un mundo marcado por la velocidad de la tecnología.
No lo plantea como una confrontación. Corona se reconoce como parte de una generación situada entre dos mundos: el modelo en el que creció y una realidad que todavía continúa descubriendo.
Quizá por eso hoy el lujo tiene otra definición: salud, tiempo, familia y la oportunidad de seguir aprendiendo.
SOÑAR CON EL PRIMER MUNDO
Buena parte de la visión empresarial de Corona se construyó también fuera de Tijuana. Su participación dentro de organismos nacionales le permitió acercarse a discusiones sobre políticas económicas y conocer de primera mano cómo se toman decisiones desde el centro del país.
Durante su trayectoria observó procesos como la apertura económica de México, la reconversión industrial y la consolidación de tratados comerciales. Esas experiencias reforzaron una convicción que continúa presente en su discurso:
“Hay que soñar con el primer mundo”.
Pero para él no se trata únicamente de una aspiración. Implica infraestructura, inversión, políticas públicas y autoridades capaces de pensar más allá de un periodo de gobierno.
Corona utiliza constantemente una expresión: visión de Estado. La entiende como la capacidad de identificar lo que una ciudad, un estado o un país necesitará dentro de diez o veinte años y comenzar a construirlo desde ahora.
La misma lógica con la que una familia prepara a sus hijos. La misma con la que una empresa forma a la siguiente generación. Y también la misma con la que, considera, debería planearse Tijuana.
TODAVÍA QUEDA MUCHO POR HACER
Octavio Corona Flores se encuentra hoy, como él mismo lo describe, en “medio retiro”. Pero eso no significa haberse apartado completamente. Continúa pendiente de su familia, de los negocios y de una ciudad que todavía observa con la misma curiosidad con la que la vio transformarse durante décadas.
Ahora una parte importante de su responsabilidad ocurre alrededor de una mesa donde coinciden tres generaciones. Corona comparte lo que aprendió, sus hijos conducen los negocios y sus nietos comienzan a imaginar el escenario que les tocará enfrentar.
Después de conocer aquella Tijuana de alrededor de 80 mil habitantes, observar la llegada de la industria, la apertura comercial y una ciudad que ahora crece verticalmente, Corona sigue hablando de la frontera como una historia que todavía no termina.
No mira al pasado únicamente con nostalgia. Lo utiliza para entender el presente y preguntarse qué debe construirse después.
Octavio Corona Flores nos hace reflexionar que una ciudad, al igual que una empresa o una familia, no se fortalece únicamente por lo que logró construir en el pasado, sino por su capacidad de evolucionar, compartir experiencia y preparar a quienes tendrán la responsabilidad de continuarla en el futuro.


















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