Cada septiembre pensamos en lo que significa ser mexicano. Con los años he llegado a una respuesta muy personal: mi forma de hacer patria es cuidar el lugar que me tocó llamar hogar. A donde quiera que voy digo con orgullo que soy mexicano y tijuanense, porque hay una historia de Tijuana que quiero ayudar a contar.
Nuestra ciudad es conocida internacionalmente por sus problemas —frontera, migración, violencia, contaminación—, realidades que existen y que no busco negar, pero que no son toda nuestra historia. Tijuana también es creatividad, resiliencia y gente haciendo cosas increíbles: científicos generando conocimiento, jóvenes construyendo soluciones, ciudadanos involucrándose con su ciudad. Esa es la Tijuana que quiero que el mundo también conozca.
TODO COMENZÓ CON EL OCÉANO
Crecí cerca del mar. Cada verano mi familia recorría la península de Baja California buscando playas nuevas, muchas veces sin nombre en los mapas. Por eso proteger el océano nunca se sintió como una profesión, sino como algo personal: quiero que las próximas generaciones vivan lo que yo viví, como ver una ballena cruzar el horizonte.
Años después encontré mi playa local más sucia de lo que jamás la había visto. Tenía 18 años, sin experiencia, equipo ni presupuesto. Solo quería una playa limpia y no quería esperar a que alguien más la resolviera. Así nació Kilómetro Uno.
ES MI PLAYA
Playas de Tijuana suele señalarse solo por su contaminación, pero ahí he visto algunos de mis mejores atardeceres, he surfeado mis mejores olas y he visto delfines, ballenas y lobos marinos frente a una gran ciudad. La contaminación es parte de nuestra realidad, no nuestra identidad ni nuestro destino.

Con el tiempo entendimos que recoger basura era necesario pero no suficiente: había que sumar educación, ciencia, política pública y participación ciudadana. Más de una década después, a través de Kilómetro Uno hemos involucrado a más de 170,000 niñas, niños y jóvenes en iniciativas de educación y conservación, y retirado más de 170 toneladas de residuos de costas mexicanas. Pero el impacto más importante no siempre cabe en una estadística: sucede cuando un niño descubre qué vive debajo del mar, o cuando alguien deja de ver esa playa como algo ajeno.
REGRESAR TAMBIÉN FUE UNA ELECCIÓN
Después de estudiar la maestría en Environmental Change and Management en Oxford, como becario Chevening, muchos me preguntaban por qué no me quedaba en el Reino Unido. Para mí la respuesta siempre fue sencilla: amo mi ciudad, y sé que aquí hay muchísimo por hacer. Estudiar fuera nunca significó irme de Tijuana, sino regresar mejor preparado para trabajar por ella.
CAMBIÉ MI MANERA DE ENTENDER EL IMPACTO
Durante mucho tiempo pensé que el impacto debía ser global. Hoy lo entiendo distinto: si logro transformar mi playa, mi ciudad y mi país, eso será suficiente. He compartido nuestro trabajo en conferencias y encuentros internacionales en países como Costa Rica, Taiwán, Irlanda del Norte, Países Bajos, Indonesia, Palau y Francia. Pero lo que más recuerdo son los jóvenes que se acercan después a preguntar cómo comenzamos, y que meses después me cuentan que ya lo están haciendo en su propia comunidad. Ahí está el verdadero impacto: no que Kilómetro Uno esté en todos los países, sino que millones de personas decidan hacerse responsables de su propio Kilómetro Uno.
QUIERO QUE TIJUANA SEA UN EJEMPLO
Creo que Tijuana puede ser un referente de conservación urbana, precisamente porque nuestras condiciones —ciudad industrial, fronteriza y densamente poblada— no son fáciles. La naturaleza no reconoce fronteras: el océano no sabe dónde termina México y empieza Estados Unidos, y los problemas ambientales tampoco se detienen frente a una garita. Hoy, mediante iniciativas como Generación SEA, jóvenes de Baja California y California trabajan junto a científicos y comunidades para construir soluciones compartidas. Una ciudad no necesita ser perfecta para ser un ejemplo; a veces lo es precisamente por cómo enfrenta sus imperfecciones.
QUE LA PRÓXIMA GENERACIÓN EMPIECE MÁS ADELANTE
En este camino apareció otro propósito tan importante como aquella primera playa limpia: abrir camino para la próxima generación de líderes ambientales. Al principio, ser de los pocos jóvenes en espacios de decisión ambiental parecía un logro; después entendí que revelaba un problema. No necesitábamos un joven en la mesa: necesitábamos muchos.
Mi trayectoria fue completamente orgánica; tuve que descubrir becas, oportunidades y caminos por mi cuenta. Ahora quiero que quienes vienen detrás empiecen más adelante: que tengan mentores, conozcan las oportunidades antes y se sientan en las mesas sabiendo que pertenecen ahí. Sobre todo, quiero que ningún joven piense que haber nacido en Tijuana determina hasta dónde puede llegar. Si yo pude llegar hasta aquí desde Tijuana, tú puedes llegar todavía más lejos.
MI FORMA DE HACER PATRIA
Para mí, hacer patria tiene cada vez menos que ver con decir cuánto amo a México y mucho más con demostrarlo con lo que hago por él. Estoy profundamente orgulloso de ser mexicano y tijuanense, no porque mi ciudad o mi país sean perfectos, sino conociendo sus problemas y todo lo que aún podemos transformar.

Mi compromiso de vida es demostrar que des- de Tijuana también podemos hacer cosas increíbles: que una playa contaminada puede recuperarse, que una comunidad puede volver a valorar su ecosiste- ma, y que una idea nacida en esta esquina de México puede inspirar a alguien a miles de kilómetros de dis- tancia. Para mí, eso también es hacer patria.
Esta es mi playa. Esta es mi ciudad. Este es mi país. Y este es mi compromiso de vida.


















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