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Oh Club!

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¿Las discotecas, los antros y los clubes son cosa del pasado? ¿Cuál era su utilidad? ¿Quién iba? ¿Quién acudía? ¿Cuál era su objetivo social?

Por: José Galicot, empresario, educador y filántropo

Studio 54 

Tuve la suerte de conocer a Steve Ruvell quien era propietario y director de una compañía que se llamaba Rayet Faverge, la cual producía un spray para el cabello que exigía la moda de aquel tiempo, con mucho volumen y glamoroso. 

Por un azar del destino, yo tenía la compañía Beauty Supply en Baja California, y era el que más vendía en el mundo ese peculiar spray llamado Cinderella, que les gustaba a las mujeres mexicanas; lo vendíamos por furgones. Así que, eventualmente, me apersoné en Nueva York en las oficinas de Steve, que eran totalmente extravagantes comparadas con lo que la formalidad de aquellos años requería de un corporativo.

Tenía varias canastas de básquetbol, dos mesas de ping pong, el juego Pong y un escritorio circular donde uno podía sentarse en cualquier lado. Para un tijuanense, estas extravagancias resultaban fascinantes.

Mi amistad con Steve Rubell fue creciendo. Posteriormente vendió su empresa y, decidido, con esa creatividad y audacia que aprendí en su oficina, hizo un club que se convirtió en el centro del universo del jet set: Studio 54 en Nueva York, al que yo, por lo contado anteriormente, tenía un acceso inusual y, obviamente, deseado por todo mundo.

Ahí llegaban las estrellas internacionales y hacían filas largas para entrar al sofisticado espacio donde conocí que había unibaños donde acudían caballeros y damas juntos, la música era estupenda y había espacios vericuetos laberinticos. 

No era extraño ver cabalgar por los pasillos a una modelo desnuda imitando a Lady Godiva.

Más adelante por problemas fiscales se cerró dejando un vacío que los vanguardistas del jolgorio del mundo encontraron en Grecia y en las islas del mediterráneo, amén de Mónaco.

Baby Oh!

En Acapulco, en los años 80, un joven audaz e inteligente llamado Eduardo Sesarman creó la discoteca Baby Oh!, donde miríadas de jóvenes de México y turistas acudían año con año a vivir la experiencia de la larga fila y la sensación del privilegio de ser parte de una upper class que disfrutaba de ese ambiente restringido para las élites.

La música empezaba a la medianoche, bien planeada; las mesas se vendían al mejor postor y consumidor, o a quien tuviera el status necesario para considerarse entre los privilegiados.

La maravilla de la Baby Oh! (nombre inspirado en la señora Jacqueline Kennedy, que al casarse con el naviero Aristóteles Onassis adquirió el pseudónimo de Jackie O) fue que generaciones tras generaciones fueron clientes leales, que vacacionaban y encontraban ahí a sus pares en el ambiente selecto de una sociedad que requería diversión y glamour.

Laser Club Oh! 

Después de la catástrofe económica de la devaluación de 1982 en México, cuando perdimos la cadena de tiendas Beauty Supply y, tras haber pagado todas las deudas con que nos golpeó la susodicha devaluación, nos quedamos en la necesidad de iniciar un nuevo negocio.

Marcos Carballo nos sugirió la posibilidad de abrir, en La Paz, B.C.S., en una tienda desolada por la crisis y que se llamaba Okey, una discoteca que se denominara Okey Maguey, justo cuando también nacía MTV.

La Paz había perdido el gran negocio que fue la fayuca, que había hecho que tuviéramos nueve tiendas para aquellos que querían llevarse productos del mundo al “macizo central”, donde estaban restringidos.

Abrimos la Okey Maguey con inusitado éxito, pues, aunque la ciudad estaba en crisis, la gente acudía en parvadas haciendo largas filas para entrar al antro.

Descubrimos que era un buen negocio y nos fuimos a España a recorrer la enorme cantidad de discotecas y bares que pululaban en Madrid. Tomamos nota para eventualmente copiar las ideas de la amabilidad de la discoteca española, combinándola con la energía que aprendimos en Studio 54. Así nació la discoteca Oh!, que durante ocho años fue el centro de la diversión de los jóvenes de Tijuana y del sur de California, siendo considerada por el New York Times como una de las cinco mejores del mundo.

Una pléyade de personajes acudía semana a semana a disfrutar de todas las diversiones que procurábamos para hacer que el cliente gozara del espectáculo y de la música divertida, comprometiéndolo a volver con frecuencia.

Robin Williams, Madonna y una buena cantidad de artistas de Hollywood acudían semanalmente. En alguna ocasión, quien fuera presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, y el señor Walton, dueño de Walmart (a quienes no dejamos entrar por su aspecto de añosos cowboys americanos), así como artistas nacionales y extranjeros, llenaron de talento las pistas de la discoteca.

Por supuesto que lo único que no cambia en este mundo es que todo cambia. Así terminan las historias y etapas de las discotecas…

Pero ese público juguetón y divertido, en sus nuevas generaciones, ¿qué busca? ¿Dónde se encuentra? ¿Dónde crea relaciones, dónde se enamora y dónde juega?

¡Por internet!

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